Veo, veo. Y de tanto ver, observo.

El voley playa no era un deporte que me atrajera demasiado hasta que comencé a disfrutarlo con frecuencia en Laredo. Cualquier actividad playera me da mucha pereza, no solo por el calor que se suele soporta, sino por la incomodidad que supone estar en contacto con la arena. Me resulta incómodo. No me gusta.

Los primeros minuto solo veía pelotas y culos. Las primeras, porque es un juego bastante rápido y los ojos se te van a seguir la bola allá donde va. Y lo segundo porque me parecían muy curiosas las indicaciones que se hacen con los dedos para pedir al compañero o compañera dónde se quiere el saque.

El espectáculo, como siempre, llega cuando dejas de ver y te dedicas a observar. La mirada abandona la pelota por momentos y se dirige a los cuerpos de los jugadores. Ves cómo siguen ellos el balón, la tensión de los gemelos justo antes de proceder al salto, o la arena que se levanta en el momento en el que los pies se elevan. La simplicidad de un deporte que pasa una pelota de lado a lado de la red se convierte en un sinfín de imágenes plásticas que comienzan a pedir del objetivo de una cámara.

Esta semana tocaba un retrato sobreexpuesto en el proyecto de fotográfico Dogwood. Apenas lo estoy siguiendo y en esta ocasión vuelvo a tirar de archivo, pero me apetecía :)

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