Terapia

Escribir solía servirme como terapia. Es más barato que una consulta de psicología, no tienes que desplazarte, puedes hablar de lo que quieras y no sobre lo que te pregunten… La cuestión es que hace bastante tiempo que no lo hago. Y no será porque no haya mierda que sacar (ahora ya no es necesario abrir un periódico. Bastan las portadas). Lo cierto es que… no sé. Algo me bloquea. Quizá me he vuelto algo vago.

Pero hay días en los que se cruzan los cables. O, mejor dicho, se empalman. Me ocurrió jugando a GTAV y, en ese momento, dejé a Franklin como veis en la foto para aporrear el teclado (click aquí para ver a lo que me refiero). Sé que si dejo pasar ese momento de lucidez, la idea acaba esfumándose y no vuelve.

Este es el texto en cuestión. El mismo, pasado por las tijeras (no de la censura, sino del límite de las 200 palabras), pudo oírse en Buenos Días Cantabria el pasado martes 1 de octubre [podcast].

Franklin, un pandillero de Los Santos, acompaña a una puta drogadicta hasta un depósito de coches donde iniciarán una misión juntos: recoger de la calle los vehículos que están mal estacionados. Una vez llegan allí y se montan en la grúa, reciben el aviso de retirar un turismo estacionado de manera ilegal en un lugar reservado para discapacitados. En ese momento, GTAV deja de ser para mí un videojuego, y se convierte en un instrumento de venganza. Después de más de 18 años sufriendo la falta de respeto de los demás, mi PlayStation me da la opción de desahogarme a gusto.

Conduzco la grúa hasta el lugar del delito. Despacio, con calma, pensando en que igual no es necesario remolcar ese coche. Que ya que tengo una pistola, puedo reventarle las cuatro ruedas. O lanzar en su interior una granada, ametrallar la carrocería de punta a punta, destrozarle las lunas… Pero una vez llego al sitio me doy cuenta de que ese tipo igual no es tan culpable. Porque, a ver: ¿a cuántos de nosotros nos han enseñado en la autoescuela por qué no se puede aparcar en una zona de minusválidos? ¿A alguien le han explicado por qué son tan grandes o están siempre al lado de la entrada de las grandes superficies? ¿O la razón de que, en algunos sitios, exista una zona rallada en amarillo entre dos plazas reservadas para discapacitados? Y no. La respuesta correcta no es para poder aparcar una moto en medio.

Llego al lugar indicado. Bajo el gancho de la grúa, lo fijo al parachoques del vehículo infractor y acelero para poner rumbo al depósito. En ese instante, aparece en la pantalla un tipo corriendo, moviendo los brazos y gritando: “¡Eh! ¡Que sólo ha sido un momento!”. Suspiro, y pienso metido en el papel de Franklin: “Cierto. Siempre es ‘sólo es un momento’”. Entonces vuelvo a poner el coche en el suelo, me disculpo con ese buen hombre por haberlo retirado y, acto seguido, desenfundo la automática para dispararle un tiro en cada una de sus rodillas.

Permiso concedido para aparcar de por vida en esas plazas. Y sólo me ha llevado un momento.

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