Somewhere I belong

No tengo ni idea de la cantidad de monedas de cinco duros que llegué a echar a esta máquina ni, por tanto, la pasta que me dejé jugando al «Sunset Riders» en un salón recreativo. ¿Y la cantidad de horas? A saber. Hoy me lo he hecho de principio a fin en poco más de media hora, más movido por la nostalgia que por otra cosa. Eso sí, con créditos ilimitados por los 6,99€ del precio del juego. 6,99 euros, a 166,386 pesetas cada euro hacen un total de… ¡1.163 pesetas! ¿Le eché más de 47 monedas a la máquina con 16-17 años? SÍ, sin ningún género de duda.

Cuenta la leyenda que mi primera consola fue una G7000 de Philips que me trajo Papá Noel, que se quedó en el altillo de casa del 26 de diciembre hasta final de vacaciones de Navidad porque no había manera humana de despegarme del mando. A pesar de ese episodio, me considero un afortunado por ser jugador de videojuegos desde que tengo uso de razón. Primero, porque es algo que he compartido con «mis más mejores amigos» de la adolescencia. El nivel de frikismo ha sido es tal que dos de ellos realizaron un podcast (¡¡en 2018!!) llamado Retromanía 30 dedicado a repasar y analizar, número a número, la segunda época de la revista Micromanía exactamente 30 años después de su publicación original. Y en las ediciones especiales ahí estuvimos el núcleo duro del grupo aportando nuestro granito de arena analizando juegos y, sobre todo, recordando antiguas batallitas.

Recuerdo que mi padre, ya a finales de los 80, me decía que jugar con o contra las máquinas está bien si tienes claro que tarde o temprano vas a perder. Razón no le faltaba. Para mí el atractivo nunca fue llegar hasta el final del juego sino comprobar si con cuatro monedas era capaz de llegar un poco más lejos que la vez anterior. Competir contra una máquina siempre lo he considerado absurdo.

Cuánto bien han hecho los videojuegos de los 80 y principios de los 90 por aumentar la tolerancia a la frustración. Te enfrentabas al reto siempre desde el inicio, sin recurrir a partidas guardadas anteriormente. Picando piedra, probando nuevas estrategias, probando los trucos de tus amigos y compartiendo logros con ellos. Parece una tontería pero creo que mi carácter ha sido moldeado, entre otras cosas, a golpe de moneda de 25 pesetas.

Por cierto: llegar al final del juego te deja con una sensación bastante meh. ¿De qué sirve si uno no puede dejar sus iniciales en una tabla de récords?

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