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Solo era feliz cuando llovía

unsplash-logoKumiko SHIMIZU

Era un yonki del otoño. Se pasaba el verano (el puto verano) añorando la lluvia, esperando las tormentas de octubre y noviembre como agua de mayo. Entonces, cuando llegaban esas primeras nubes cargadas de tristeza, la humedad le subía por los pies, le calaba la piel hasta los huesos y le envolvía las entrañas y el corazón con una congoja inigualable. Y él, pletórico, daba brincos y cantaba a todo pulmón la pregunta sin respuesta de Garbage: “¿Por qué sienta tan bien sentirse tan triste?”.

Sus dedos tecleaban historias de desamor hermosas, poemas a la muerte exquisitos, odas a la desesperación bellísimas y cartas de suicidio tan sentidas y reales como inejecutadas. Durante esos seis meses de lluvia y frío, inundado de melancolía, su creatividad y producción desbordaba cualquier expectativa. Y él, sabedor de que la primavera llegaría y, con ella, su sequía, aprovechaba cada gota de lluvia para convertirla en verso y metáfora.

Todo cambió en junio del 98. A las 4 de la madrugada, nada más cerrar la persiana del bar de copas en el que trabajaba, oyó unos sollozos a la vuelta de la esquina. Reconoció a la chica a la que unas horas antes había estado sirviendo unos chupitos de tequila y aguantando la típica historia del hijo de puta de su novio que la había engañado con su mejor amiga. Se acercó a ella para preguntarle si necesitaba que llamara a alguien pero no le dio tiempo. Victoria se abrazó a Mario y comenzó a llorar a todo pulmón sin ningún tipo de control. Él intentó zafarse sin éxito. Cualquier movimiento intentando separarla de su cuerpo era inútil, así que optó por esperar un momento de agotamiento.

Pero una lágrima de Victoria llegó a la comisura de los labios de Mario y el otoño le explotó en la boca. Inquieto y asustado quiso retirarse pero Victoria se apretó más contra su cuerpo sin dejar de gimotear. Mario no esperó a la siguiente gota y fue a buscar la segunda lágrima con la lengua. Le sangre comenzó a hervirle y se agarró a la espalda de Victoria.

La presión con la que se agarraban en ese momento hizo que Victoria notara la tremenda erección que estaba teniendo Mario y le soltó un primer puñetazo en el pecho y un segundo en la cara. Victoria se sentía ahora doblemente repudiada. Mario, pletórico, paseaba el dedo índice por su mejilla empapada de rímel salado para después llevárselo a la boca. Saboreaba la victoria de haber encontrado al otoño concentrado en una sola gota.

Ahora solo necesitaba planear como extraerlo de sus donantes.

Pour your misery down on me

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