Secuestro

Laura nunca se había caracterizado por su puntualidad pero cuando llevaba media hora esperándola empecé a preocuparme. Aunque la conozco y sé que debo añadir siempre 5 minutos a los 10 de cortesía cuando quedo con ella no pude evitar llegar con antelación a nuestra cita. Parecía importante. Me conoce y sabe que soy de esas personas que se organiza hasta las pausas del café, así que cuando me dijo este mediodía que quedáramos para comer supe que algo extraño estaba ocurriendo. No me destrozaría la agenda por una tontería.

— ¿Laura? ¿Dónde estás? Llevo aquí más de media hora y…
— Lo sé. ¿Recuerdas dónde nos reuníamos los cinco cuando éramos unos chavales?
— Sí, claro. En La…
— ¡No lo digas! Estaré allí en 40 minutos. Y ve con cuidado. Que no te siga nadie
— Pero…

Se me debió quedar cara de imbécil. Allí estaba yo, de pie, en mitad de Plaça Catalunya mirando la pantalla de mi móvil embobado. «¿Que no me siga nadie? ¿A qué viene esto?». Debía ponerme en marcha cuanto antes. Laura parecía muy preocupada y yo no andaba sobrado de tiempo. Corrí hacia el aparcamiento a por mi coche y salí pitando hacia La Tasca. De repente, cientos de recuerdos parecieron querer salir en tromba, como si hubieran estado atrincherados todos estos años esperando el momento de atacar. Las primeras cervezas, la oferta de trabajo de David en Londres, la noticia del embarazo de Laura, los lloros tras la muerte de los padres de Celia y Javi… Todo lo importante que ha ocurrido en mi vida, y en las de los otros cuatro, lo hemos hablado en torno a esa mesa de madera de La Tasca bajo la mirada de Andrés, su propietario. El hombre al que acudíamos cuando necesitábamos un consejo con aroma de experiencia y voz profunda y pausada. Una voz cara de oír, porque era hombre de pocas palabras, pero no cabía duda de que siempre escogía las más acertadas. Estaba claro que, si habíamos quedado allí, el problema no era exclusivo de Laura.

Las llamadas desde la oficina iniciaron el contraataque y los recuerdos comenzaron a retirarse. Aplazar el almuerzo con un potencial cliente, reprogramar la reunión con los responsables de diseño del nuevo producto. Las voces de las llamadas se mezclaban con la impertinente del GPS que se empeñaba en sacarme de la autopista para ahorrarme el peaje. De repente vi por el retrovisor a un deportivo maniobrar y colocarse dos coches detrás de mí. Ya no recordaba el aviso de Laura, y si no hubiera sido por lo llamativo del coche, ni si quiera habría prestado atención. «¿Quien pretende seguir de incógnito a alguien en un deportivo rojo?», pensé. Tampoco era cuestión de correr riesgos, así que decidí hacer caso a la voz del ordenador de a bordo y, con una maniobra brusca, abandoné la autopista. Y ellos, detrás de mí.

«No sé qué tienen estos coches que a todos los pijeras os gustan». La reflexión de Laura cuando me acompañó al concesionario se me clavó por segunda vez en el pecho. Quizá sea la sensación de seguridad y control que te da estar dos palmos por encima del resto mientras conduces. O puede que la explicación sea todavía más sencilla y que lo único que pretendía en el fondo era aparentar; mostrar con un coche todo lo que he conseguido y dónde he sido capaz de llegar con mi esfuerzo. No lo sé. Tendría que haber hecho caso a Laura. «¿Qué hace un urbanita como tú conduciendo un coche como este?», me dijo. Y es que, en esta situación, conduciendo un off-road iba a ser imposible desengancharme de mis perseguidores pisando el acelerador. A no ser que decidiera tirarme al monte y atajar por aquellas pistas forestales que recorríamos en bici cuando éramos críos. A la mierda la pintura.

Dos siluetas femeninas ocupan nuestra mesa de La Tasca. Si no hubieran pasado tantos años desde la última vez que vi a Celia probablemente la habría reconocido al instante. O quizá hayan sido los nervios o las ansias de saber qué narices estaba pasando. Aparco, saco las llaves del contacto y corro hacia ellas.

— ¡Laura! ¡Laura!>

Como en las películas, ellas se giran a cámara lenta. Sus melenas se separan de los hombros acompañando ene movimiento de los brazos, como queriendo abrazarme. El sol me impide ver sus caras pero juraría que las dos sonríen mientras se levantan. Y, de fondo, el rugido de un motor y el derrape de unas ruedas sobre la tierra del aparcamiento de La Tasca. Me giro. Las pierdo de vista. Las puertas del deportivo rojo se abren y aparecen dos figuras trajeadas. Sus gafas de sol me impiden ver sus caras completamente, aunque tienen cierto aire familiar. Y entonces, de repente, todo se vuelve negro.

Una mano enorme me tapa los ojos mientras me abraza fuertemente con su otro brazo. La sorpresa y la confusión me agarrotan. Mi cerebro colapsa y no es capaz de emitir ninguna orden. Ni un grito. Ni un movimiento. Y entonces, una voz profunda me atraviesa la cabeza. Una voz que también podría emanar de una fuente de recuerdos que, de golpe, brota sin control. «Felicidades, hombre invisible».

A la voz penetrante de Andrés le siguieron las risas y las felicitaciones del resto. «Se nota que te haces mayor. Eres una puta tortuga conduciendo», soltó Javi mientras me abrazaba dándome unos sonoros golpes en la espalda. Y más risas, y más abrazos. Y lágrimas cuando Laura se abalanzó sobre mí para estrujarme entre sus brazos. «Eres tan caro de ver que solo se me ocurrió secuestrarte de esta manera para celebrar juntos tu cumpleaños».

Dicen que aquel día fui yo quien les regaló mi presencia después de tanto tiempo sin vernos. La realidad es que fueron ellos los que me regalaron el pasado que nunca debe olvidarse, ni descuidarse. Y la lección de que unas cervezas con amigos pueden liberarte del secuestro inconsciente al que te somete la rutina.

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