Sara quiere ser princesa

Mucha gente cree que está loca. Que quede entre tú y yo, ¿vale? Incluso sus mejores amigas, aquellas con las que prácticamente se ha criado, la dejaron por imposible. “Sara… que los cuentos de hadas sólo son eso: cuentos”. “No existen los príncipes azules. Eso sólo son historias que nos venden para generarnos ideales de felicidad”. Pero nada. Sara, a sus treintaytantos sigue alimentándose de historias románticas no aptas para diabéticos.

No puede evitarlo. Unas veces es el brillo de los ojos; otras, los andares, o la manera de brincar cerca de una charca, o los tirabuzones que hace la lengua en el aire para cazar una mosca al vuelo… Cuando ve una rana que le llama la atención por alguna razón, piensa: “¿Y si ésta es mi príncipe?”. Se acerca. Coquetea con todo el disimulo que puede. La acaricia, la mima, se acerca más, la besa… y la rana responde con un sonoro “croack” que, sin embargo, no la hace despertar de su sueño.

Y entre ranita y ranita, Sara sigue saboreando los corazones dulces de las historias de amor que lee, ve, abraza y siente como suyas. Como si la que acaba de calarla hasta la médula fuera la que está segura que vivirá con la próxima rana que bese.

Sara… Quiero decirte algo si me lees: esas historias son preciosas y yo, como tú, creo en ellas. Mi boca se inunda del sabor de todas esas relaciones al hacerlas mías. Pero… permíteme un consejito: deja un espacio entre cuento y cuento para consultar la wikipedia y poder diferenciar en un futuro ranas de sapos. Tu porcentaje de éxito aumentará ;)

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