Paso en falso

Alicia no supo cómo reaccionar. Su mitad sarcástica quería emitir una carcajada y aplaudir el buen gusto de la amante de su marido. Por contra, su lado emocional, el que valoraba sus 5 años de matrimonio, solo pensaba en estrangular esas ganas de reír y mandar a la mierda a Óscar. Después de que ella hubiera tenido un desliz con una compañera de trabajo en la cena de empresa propuso que era mejor pasar las vacaciones de Navidad por separado con la intención de calmar los ánimos y poder hablar las cosas con calma a la vuelta. Lo que Alicia no podía creer es que a su marido le faltara tiempo para devolverle la infidelidad. Respiró hondo, y esperó a que él saliera de la ducha para pedirle explicaciones.

—¿Me puedes decir qué hace ese zapato negro de tacón entre los míos?
—Tú sabrás —respondió Óscar con indiferencia mientras se secaba la cabeza con una toalla—. Yo no me pongo eso.
—Ni yo puedo permitirme unos Casadei de 12 centímetros de tacón.
Óscar, ahora sí, dirigió la mirada al zapatero y levantó las dejas, sorprendido.
—Lo dices como si yo fuera el único de esta casa que follara con mujeres. Además, que yo sepa, ninguno de los dos hemos pasado aquí estos días. ¿O acaso también me has mentido al decirme que habías alquilado la casa por AirBnb a una pareja?

La empatía y la predisposición al diálogo no eran cualidades que destacaran en Alicia, precisamente. Por contra, se movía como tiburón en el agua a la hora de encontrar los puntos débiles de sus adversarios, arrinconarlos y atacar sin piedad en el momento justo. Pero, claro. Estaba acostumbrada a tratar con gente muy insegura, con muchos miedos y secretos que esconder. Óscar, en cambio, era transparente. Quizá por eso se complementaban tan bien y hacían tan buena pareja.

—Lo siento. No… no quería decir eso. Todavía estoy alterada y nerviosa por todo lo ocurrido. Voy a ponerme en contacto con la pareja a la que hemos alquilado la casa.

Alicia acababa de recibir un guasap de Antonio y Violeta: “Estamos aparcando. Llegamos en breve”. El aviso le hizo caer en la cuenta de que el cortado que había pedido diez minutos antes lo tenía a su derecha y, según indicaban los restos de espuma incrustados en la parte superior del vaso, frío. Seguía pensando en su metedura de pata con aquella chica y la pasada de frenada al responder de esa manera a Óscar. Además, la decisión de alejarse durante una temporada no había resultado ser una buena idea. Y eso que lo había propuesto ella.

—Lo siento, querida. El centro está imposible para aparcar el coche en un día como hoy. Nosotros siempre hemos sido unos padres previsores y antes de Navidad ya teníamos los regalos de los chicos. Veo que has pedido algo. Antonio, ¿puedes acercarte a la barra? Yo quiero un café con leche bien caliente. Descafeinado, como siempre.

Alicia volvió al mundo real nada más escuchar la voz de Violeta. Admiraba a esa mujer. No en el plano intelectual porque apenas la conocía, aunque estaba segura de que en ese aspecto también era sobresaliente. Dos semanas atrás, cuando se conocieron para acordar todo lo referente al alquiler de la casa, ya quedó prendada de su forma de ser. Su tremenda seguridad al hablar, su mirada intensa y siempre fija en los ojos del interlocutor, sus gestos… Definitivamente, ese día decidió que quería envejecer a imagen y semejanza de Violeta Balotelli. Porque a pesar de sus ochenta y pocos años su actitud era jovial, llena de vida. La pasada, y la que todavía le quedaba por vivir. Porque Alicia estaba convencida de que el dinero, que se le intuía por la ropa y las discretas y carísimas joyas que llevaba, es algo que te ayuda a vivir más y mejor. Y eso sí da la felicidad.

Antonio era su complemento ideal. Si el dicho reza que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, en esta pareja daba la impresión de existir un cambio de roles. Un hombre apuesto, elegante, siempre en segundo plano… alguien que pasaba desapercibido sólo para la gente que no sabía de su valía. Alguien… alguien como Mario.

—¿Qué tal has pasado tú las Navidades?— los golpecitos de la cuchara en el interior de la taza del café le hicieron caer en la cuenta de que Antonio había vuelto. Alicia le acercó una bolsa con el zapato olvidado, que él recogió realizando un gesto de agradecimiento.— Es una lástima que no las hayas podido pasar con tu marido. Hacéis una pareja monísima. Las fotos que tenéis en casa son preciosas.

Empezó a tartamudear mientras explicaba las mismas mentiras que quince días antes había inventado delante de su familia. Recordaba sus caras de incredulidad, las miradas y cuchicheos durante la cena de Nochevieja… Nadie la creyó. A medio relato Violeta le alarga un pañuelo. Una lágrima no ha podido soportar tanta presión, y el resto la acompañaron cuando ambas mujeres cruzaron la mirada.

—¿Cómo lo hacen ustedes? ¿Cómo han llegado a su edad manteniendo su matrimonio unido?

—No dejando de hacer juntos lo que nos gusta hacer juntos— eran las primeras palabras que oía de la boca de Antonio, pronunciadas sin levantar la vista de la bolsa de te que sumergía en su taza—. Somos personas muy diferentes y con caracteres casi opuestos. Tenemos cada uno nuestro espacio y llevamos vidas prácticamente independientes. Pero hay ciertas cosas que bajo ningún concepto haremos con otras personas. Ese es nuestro secreto: mantener fuerte ese nexo de unión. Y es un trabajo de los dos.

—Hace mucho tiempo que Mario y yo no salimos a pasear por la montaña, en silencio. Es algo que solíamos hacer de novios y durante los primeros años de matrimonio, pero en mi situación laboral…

Violeta la miró

—Si trabajas tantas horas y tienes tantos trajes-chaqueta en tu armario es porque eres importante en la empresa en la que trabajas. Y si eres tan importante seguro que entenderán que necesites escaparte con tu marido un fin de semana para desconectar un poco. ¿Me equivoco? Oye, Antonio… ¿llevas encima las llaves de la casita que tenemos en La Cerdanya?

Al salir de la cafetería Alicia no hubiera apostado ni un céntimo a que, dos días después, estaría abriendo la puerta de madera de una casita perdida en medio del Pirineo catalán y acompañada de Mario. Pero ocurrió, porque a pesar de llegar a casa sin estar convencida de que Mario aceptara la oferta, supo disculparse y comprometerse a intentar solucionar los problemas que estaban atravesando con una conversación adulta. Lo que tampoco esperaba, y tampoco Mario, era un recibimiento de cine, con una botella de champán y dos copas en la mesita situada frente a la chimenea. Se miraron, sonrieron, y creyeron que no había mejor manera de comenzar esa charla pendiente. El corcho impactó en el techo de la cabaña, el sorbo antes del brindis vino precedido por un beso y antes de acabar la copa ambos cayeron al suelo, inconscientes.

Alicia abrió los ojos despacio, somnolienta. Al sueño y la confusión le seguía un intenso dolor de cabeza. Y de brazos. Sus muñecas estaban atadas al cabecera de la cama, igual que las de su marido que parecía seguir dormido. “¡Mario! ¡Despierta!”.

Violeta y Antonio entraron en la habitación al oír los gritos de la chica. Su caminar era lento y tranquilo, acompasado del crujir de la madera bajo sus pies. De repente, el silencio y los chasquidos del látex de los guantes sobre las muñecas de los octogenarios.

—No te esfuerces— la voz de Antonio ya no sonaba tan conciliadora como dos días atrás—. Él ya está muerto. Pero de ti todavía necesitamos algo: ¿qué zapato quieres dejarle a nuestras próximas víctimas?

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