Devoró un puñado de espinacas y repasó los huesos de la pechuga de pollo que sobró al preparar un plato de nombre impronunciable. Brindó al aire frío con el cava que le ofreció un extranjero borracho, y comió 5 uvas de la suerte que encontró en una papelera a las 2 de la madrugada. Y después de tan opipara cena, se dispuso a sobrevivir a un sueño más tumbado en su banco de la plaza.

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marctorrano

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