Nunca será siempre

Si siempre te dices nunca, nunca será siempre

Sábado noche. De vuelta a casa, mientras conducía, su mente reproducía el momento en el que le dijo a Esther que la iba a querer siempre. Él creía que estaba siendo romántico al expresar de esa manera lo que sentía pero ella no se lo tomó nada bien. “No me digas eso”, respondió. No se contentó solo con esa réplica, sino que comenzó a explicarle el por qué de su contestación. Mario estaba ausente intentando localizar todas las piezas del castillo que ese vendaval acababa de llevarse por delante. “Tengo que encontrarlas”, pensaba mientras a Esther intentaba hacerle entender que esa frase no era más que una promesa al aire, un brindis al sol de los que tantas y tantas películas han enseñado a hacer. Esas frases rebotaban dentro del cráneo de Mario a la vez que intentaba diseñar nuevos planos para esta relación.

El tráfico de pensamientos y sentimientos en su interior nada tenía que ver con el de la autopista que devoraba inconscientemente. “Si no puedo decirte que voy a quererte siempre, ¿a qué estamos jugando?”, se repetía. Mario había pasado toda su vida sentado en la mesa de la ruleta apostando a pares o rojas, salvo un par de excepciones en las que la intuición le había llevado a apostar todos sus sentimientos a un número concreto. “Unas veces se gana, y otras veces se aprende”. Tras mucho tiempo de espectador un beso imprevisto le estampó en la sien el 3 rojo, y fue a por él con Esther. Aunque sabía que ella había decidido no jugar tan fuerte, no entendía que le pidiera que no arriesgase. “Es absurdo”, pensaba. “¿Qué tipo de compromiso es este? Que no somos críos, joder”.

Tumbó sus 41 años al llegar a casa sin dejar de rebobinar la situación una y otra vez. Entonces cayó en un detalle que le había pasado desapercibido. “Dime que me vas a querer cada día”. En un principio no le dio la menor importancia a esa frase. Pensaba que era estúpido creer que decirle que la va a querer siempre no llevaba eso implícito. Claro que la iba a querer todos los días, con todas sus horas, minutos y segundos incluidos. Y en ese pensamiento se quedó anclado Mario unos minutos.

Las cuatro paredes de su habitación fueron los únicos testigos del momento en el que Mario se dio cuenta de lo equivocado que estaba. Sonrió, le dio las buenas noches a Esther con un susurro y le lanzó un beso y una promesa: “No tengo la menor idea de si te voy a querer siempre”.

Domingo por la mañana. Suena el despertador de Mario. Al cabo de un rato toma el móvil y le lanza a Esther unos besos con corazones después de darle los buenos días. Es en ese momento en el que se compromete a quererla infinitamente hasta que el sueño le venza.

Y así sigue, cada mañana desde entonces.

Nunca será siempre. Nunca digas nunca porque siempre se arrepiente. Miente más que habla; siempre miente. Cuando dices hasta nunca, o cuando dices para siempre

Imagen: Always, de RubyShoe

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marctorrano

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