No puedo hacerlo, joder. No tiene lógica. No tiene sentido. Pero es que… es que tengo que pedírselo. Necesito pedírselo
Esas frases han pasado por la cabeza de Hache muchísimas veces desde que salió de casa y se metió la cajita en el bolsillo del pantalón. En el ascensor, durante el trayecto de metro y en cada canción del concierto de Morgan al que había ido con Eme.
Pensaba que no tenía sentido porque era la cuarta vez que se veían. La primera fue solo un encuentro fortuito, un tropiezo al doblar una esquina que acabó con el paquete que Eme llevaba bajo el brazo en el suelo. Hubo un cruce de miradas, un pellizco eléctrico en las tripas y media docena de disculpas por parte de Hache. La segunda, esa misma tarde en el bar de debajo de casa de Hache. Entró para pedir que le prepararan el especial de lomo que se cenaba cada jueves y Eme estaba en la barra esperando a que le entregaran su pedido. Eme miró a Hache y con todo su morro le dijo: «Vale. Te acepto las disculpas de esta mañana si me pagas el bocadillo». No hubo respuesta. Solo una mirada cómplice, una sonrisa y un gesto afirmativo acompañado de un descenso de los párpados de Hache y un espasmo en el vientre que le cortó la respiración por un momento.
La tercera fue el siguiente jueves en el mismo bar, sentados en la misma mesa y charlando mientras cenaban juntos. Eme estaba a punto de pegarle el primer mordisco a su bocadillo cuando llegó Hache a pedirle a Fernando lo de cada jueves. Vio a Eme y, sin dudarlo ni pedir permiso, se sentó en su mesa e indicó a Fernando que el especial de lomo se lo comería allí. Compartieron poco más de media hora pero Hache tuvo la sensación de que se conocían desde la infancia. Sentía una atracción muy bestia y primaria por Eme. La conversación fluía con una complicidad inusual entre dos personas que acababan de conocerse y de quedar para ir juntos a un concierto ese mismo fin de semana. Y también se besaron. Y también acabaron follando en casa de Hache. Y también Eme se despidió diciendo: «Me ha encantado, pero esto no va a volver a pasar».
Diez días después de ese tropiezo salían del concierto de Morgan. Eme cogió a Hache de la mano izquierda, pero Hache no se dio ni cuenta: su mente estaba distraída con lo que vendría. Con la derecha jugueteaba con la pequeña caja aterciopelada dentro del bolsillo..
Esto es una puta locura. No estoy bien de la cabeza. Pero… joder. ¿Y si sí? Pero… es que voy a abrir la boca y seguro que lo vuelo todo por los aires. Bueno… ¿y si es mejor así? Mierda… Necesito sentir que me merezco ser feliz de una maldita vez
Hache se detuvo. Eme continuó caminando hasta que su mano se quedó demasiado atrás y provocó que se diera la vuelta. Se miraron, y cualquiera que estuviera mínimamente atento habría dicho que los dos iban a vomitar. Hache hincó despacio la rodilla en el suelo sin soltar la mano ni los ojos de Eme. Eme no respiraba para no desestabilizar la burbuja en la que se encontraban. Hache sacó la caja del bolsillo y la abrió dejando ver el vacío del interior.
Eme… ¿quieres no casarte conmigo para el resto de mi vida?
