La sensación de no sentir

Hará cosa de un mes descubrí el “Viajando con Chester” en el que Risto Mejide entrevistaba a Enhamed Enhamed, nadador paralímpico (al final del artículo la tienes) ganador de 4 medallas en los juegos de Beijing. En ella hablan de cómo es la vida de un deportista de élite, de la diferencia entre lo que se paga por una medalla olímpica y una paralímpica… y, obviamente, de la ceguera de Enhamed.

Hay un momento en el que Risto le pregunta qué le respondería si le ofreciera volver a ver. Enhamed, ciego desde los 9 años, duda y lo razona explicando que él está bien como está. Que le gustaría ver ciertas cosas que le describen, como pueden ser cuadros o secuencias de algunas películas. Pero que para su vida diaria no recuperaría la visión. Es más, califica su ceguera como un gran don. Risto alucina. Y tú, que estás leyendo esto, puede que no des crédito. Pero yo le creo. Desde mi condición de discapacitado, suscribo al 100% las palabras de Enhamed.

Dentro de poco, y como cantaba Serrat, hará 20 años que tengo 20 años. El 14 de enero cumplí 40 y el 12 de febrero serán 20 los que llevo rodando la vida y no caminándola. Y no lo echo de menos. Es cierto que hay sensaciones que me encantaría volver a sentir como quemarme la planta de los pies con arena de playa, jugar un partido de baloncesto, hacer malabares con la pelota o, simplemente, mear de pie.

Hay algo que sí añoro: la sensibilidad. No sé tú, pero yo de pequeño jugaba de vez en cuando a taparme los ojos, los oídos… y quien más quien menos se ha retado con alguien para comprobar quien pasa más tiempo sin hablar. Todo eso es fácilmente ‘experimentable’. Pero con la sensibilidad es imposible. Recuerdo aún cómo me impresionó durante mi estancia hospitalaria, un día que fui a sacar de la máquina de bebidas una botella de agua. La cogí con la mano. La noté muy fría. La puse sobre las piernas, cubiertas solo con esa tela fina y desgastada de los pantalones de hospital, y me dirigí hacia mi habitación. Caí en la cuenta de que no sentía nada. Miré hacia abajo y comprobé cómo los dos charcos que se estaban formando sobre mis muslos se iban extendiendo. Pero no notaba absolutamente nada. Cero humedad. Cero frío.

Aún así, aún echando de menos algunas sensación y la sensibilidad de axilas hacia abajo, no creo que volviera atrás. Quizá porque sé que no es posible. O quizá porque soy consciente que debido gracias a mi lesión medular he conocido a gente con la que no hubiera coincidido, y que he experimentado sensaciones que de otra manera jamás hubiera sentido. Estoy contento de cómo soy, y de eso tiene gran parte de culpa mi situación. La evolución que he vivido como persona está muy marcada por aquel accidente de tráfico de hace 20 años.

No. No siento lo que me ha pasado. Y tú tampoco deberías sentirlo por mí.

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