La noche (no) me confunde

Hacía mucho tiempo que no experimentaba la sensación de trabajar de noche. O de madrugada. Tengo que reconocer que me encanta. A media luz, sin música y sin ningún ruido que acompañe el compás del segundero.

Hay un umbral de esfuerzo que hay que conseguir sobrepasar; el momento en el que los párpados se empeñan en pesar cien kilos y rascar el globo ocular en cada uno de sus golpes. El truco está en seguir tecleando, en no abandonar. Seguir encadenando una letra tras otra entre los parpadeos lentos de tus ojos. Si aguantas, si superas esos momentos de debilidad, Morfeo te dejará por imposible esa noche y serás más ligero. Como si te atraparan las musas. Como si entraras en trance.

Es entonces cuando llegan esos instantes de inspiración en los que el sueño parece haberse llevado consigo algún tipo de obstáculo o barrera. Uno se siente desinhibido y lo ve todo mucho más claro. Hay que aprovechar, porque el tiempo que dura esa sensación es imprevisible. Cinco minutos, una hora, cinco… Quien sabe. Uno produce, escribe, o sueña despierto hasta que el cerebro dice “Basta. Hasta aquí llegué”. Y provoca que te detengas en seco.

No es sueño porque continúas ojiplático ante el cursor parpadeante. Tampoco es agotamiento porque tu mente sigue activa, pensante. Cierras los ojos un momento y te ves por dentro. Toda esa capa de trabajo y s(u)ociedad rutinaria desaparece y te encuentras con el “yo limpio”. Sin impurezas. Una imagen que se muestra reluciente y que merece ser plasmada y descrita en un documento nuevo, para recordarla siempre y no sólo en momentos de extraña lucidez.

Caigo en la cuenta de que debo dejar las drogas. O el café. O las siestas de 2 horas que luego no me permiten dormir como debería. O puede que no sea la noche la que (no) me confunde, sino que ya hace demasiado tiempo que no veo amanecer(me).

Imagen: “Waiting…”, de Hernán Herrera [Flickr]

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marctorrano

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