12 de noviembre de 2022. Isa y yo nos dirigimos a la sala de Barcelona en la que Medussa, un grupo cántabro en el que toca su hermano Fer, actuaba esa tarde/noche. ¿Nos hicimos 650 kilómetros para ver a una banda cántabra que también toca en Cantabria? No, claro. También aprovechamos ese finde largo para turistear un poco per la meva ciutat, pero la cosa era darle una sorpresa a Fer porque no sabía nada. Días antes del concierto (20 de octubre) hago el trámite habitual de ponerme en contacto con la sala para confirmar la accesibilidad. Al día siguiente me responden:
Hola Marc, sí hay escaleras, pero tenemos plataforma para personas con movilidad reducida. Nos vemos!!!
Pues ea. Reservamos hotel y planeamos viaje. Cuando llegamos a la sala veo unas escaleras con una pendiente digna de una etapa reina del Tour de France y ninguna plataforma a la vista. Preguntamos y nos dicen que sí, que tienen la plataforma en otro acceso y que lleva unos días averiada. Pero que no pasa nada; que me cogen entre varios y me bajan, y luego me suben. Y yo miraba desde la cima y solo recuerdo guardar silencio y negar con la cabeza. Los años de convertirme en un paso de Semana Santa ya habían quedado lejos. Cuando tenía veintipocos años mis colegas me han llevado por sitios peores porque yo era un inconsciente… y porque teníamos veintipocos. En ese momento, con cuarenta y muchos, y con amigos y conocidos de esas edades no te planteas ser el responsable de la hernia discal de nadie. Así que nos quedamos sin concierto, obviamente.
A pesar de llevar más de 30 años rodando la vida ante estas situaciones se me sigue quedando la cara de gilipollas de la primera vez. Mastico y digiero por dentro porque sé que no voy a saca nada enfadándome, y sobretodo porque me agota mucho cabrearme y gritar (pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión). Es una de las múltiples “cositas” que vienen añadidas a la necesidad de desplazarse en silla de ruedas. ¿Y por qué me ha dado por explicar esto hoy? Pues por dos razones conectadas.
Uno. El brikindans… Perdón. Hace unos días compartí un vídeo de adrivision en Instagram en el que se hacía eco de unas palabras de Fito, cantante de Siloé, reclamando mejores plazas para las PMRs en los conciertos. Y ojo. Lo hizo porque le llamó la atención lo bien situadas que estaban en ese recinto. O sea, que lo raro, lo que sorprende, es que nos den un trato similar al del resto de personas. Lo habitual es que haya dificultades y nuestras plazas estén a años luz del escenario, que solo pueda estar contigo una persona o que la entrada de tu acompañante no esté a tu lado.
Dos… Hace unos meses, a cuenta de las camisetas de Estación Fetén que Mer estaba diseñando, le hice pasar un mal día porque le hice reflexionar sobre su manera de vivir la música en directo y fue consciente de que podría darse un día (que esperemos que no llegue) en el que deje de vivirla como lo hace. El karma hizo de las suyas y me tuvo a mí una semana dándole vuelta al tarro pensando si mi accidente y sus consecuencias han hecho que viva la música de manera diferente.
El primer concierto al que recuerdo haber ido fue al de Sopa de Cabra en Sant Adrià del Besòs (creo) y debía tener yo… 16-17 años. Claro. De ahí a los 20 no me dio tiempo a experimentar mucho. Los que me vienen a la mente son Guns ‘n’ Roses, Michael Jackson y Phil Collins en el Estadi Olímpic, y Roxette en el Palau Sant Jordi. Solo recuerdo haber saltado y botado en el primero, y en modo privilegiado ya que nos comimos unas cuantas horas de cola para poder estar en el foso que había entre la prensa y la pista. A partir de 1995, todos mis conciertos han sido en «modo sentado extremo». Siendo honesto, siempre he sido un tipo que vive las cosas muy pa’ adentro y muy poco bailongo. Algo que a veces se confunde con la ausencia de disfrute pero ya te digo yo que ni de faquin broma. Así que respondiendo a la pregunta de si vivo la música de una manera diferente, la respuesta es no. Y sí. O sea… yo sigo viviendo y disfrutando de la música plenamente. Lo que no disfruto no me dejan disfrutar es de la experiencia de ir a un concierto, como has podido leer antes (felicidades si has llegado hasta aquí).
Toda esta historia con las camisetas de Estación Fetén (que están to’ guapas, la verdad) ha desembocado en el descubrimiento, tanto para ella primero como para mí después, de Music for All, una fundación que “persigue ser precursora de la creación de una oferta cultural musical accesible e inclusiva en España, donde todas las personas puedan disfrutar y formar parte de ella”. O sea… ¿tú sabes lo que es visitar la web de un festival, gustarme la programación y poder sacar mi entrada sin preocuparme de si voy a poder entrar al baño, a tener dificultades para acceder al recinto o si la altura de la barra del bar va a impedir que pueda verme el camarero? Claro. Probablemente lo sabes porque nunca te has encontrado en la situación de tener que preocuparte por todo eso. Ahora, si veo el sello de la Fundación Music for All en el cartel de un concierto o festival, hay muchas incertidumbres que desaparecen. Y eso es impagable.
Parece que asoma algo de esperanza.
