Éx-odo

Hace poco tiempo volví a saber de mis ex-no-sobrinos. Ya… es una terminología un tanto extraña. Cosas de las relaciones, de las ex-parejas y de todo lo que las rodea. Sabía que era cuestión de tiempo y que, tarde o temprano, uno de los dos se crearía un perfil en alguna red social, aparecería el enlace al buscar su nombre en Google y se haría amigo/a de su tía. Y así ocurrió.

Malditas capas de perversa melancolía, que decía mi amigo David. Esas capas de sentimientos nos parecen inocentes. Aunque sabemos que van cargadas de sentimientos, estamos convencidos que ya habrán endurecido y no se quedarán enganchadas en los dedos al levantarlas en busca de esos bonitos recuerdos. MENTIRA. Si te descuidas y te confías, esa masa rígida de sentimientos apelmazados se reblandece y acaba agarrándote la mano y subiendo por tu brazo izquierdo en busca del corazón con un único objetivo: estrujártelo de nuevo.

Afortunadamente, no fue el caso. Saber de ellos, verlos en una pantalla aunque sea en imagen fija y sin feedback, me hizo mucha ilusión. Hay relaciones que acaban de manera extraña, o uno (o los dos) no atinan a terminarla de manera correcta y se producen efectos colaterales. Repartimos lo común y lo de cada uno vuelve a su territorio. Incluida la familia. Compartir, lo justo (a no ser que sea en Facebook, que ahí sí tenemos manga ancha).

Un texto absurdo, ¿verdad? Lo es… si no contamos que, quizá, a ellos también se les ocurra poner mi nombre en Google. En ese caso, puede que se tropiecen con un texto de su ex-no-tío que, de vez en cuando, se acuerda de ellos.

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