Eternity

Lo sabía antes de comenzar. Mucho antes incluso de lanzarse al vacío para disfrutar del amor que sentía por él. Y es que ella no puede amar de otra manera. Se vuelca, se da, se vacía por completo hasta el punto de dar su vida por su amado sin titubear. Siempre fue así; desde su adolescencia. El historial amoroso de Rebeca cuenta con unas cuantas historias de amor con un rasgo común en todas ellas: el abandono. Todo aquel a quien amó, tan desesperadamente como lo hace Rebeca, tarde o temprano se sintió oprimido, ahogado por un sentimiento tan apabullante que no le permitía respirar. Esa sensación les obligaba a deshacerse de ella. Y el momento era doloroso para ambos, ya que ellos sabían que jamás volverían a encontrar un amor incondicional que se le pudiera comparar. Estaban convencidos que serían parte de su alma, de su vivencia. Mario fue el único que, hasta el momento, se atrevió a hacer la frívola pregunta, como preocupándose por ella.

—¿Y por cuánto tiempo?
—Por toda la eternidad.
—Eso es mucho tiempo.
—Lo es.
—¿Y qué harás?
—¿Acaso tengo opción alguna?

Bajó la mirada a sus zapatos llenos de barro y los sacudió pensativo intentando descubrir alternativas posibles. Finalmente levantó la cabeza y clavó sus ojos claros como el cielo en los suyos.

—No, supongo que no.— Dijo apesadumbrado.

Rebeca dio media vuelta, cogió sus cosas y comenzó a caminar con la cabeza gacha. No importaba no mirar adelante. Conocía el camino de sobras porque lo había hecho otras veces, tantas como abandonos había sufrido con anterioridad. Sólo que en esta ocasión, el oírse responder a la pregunta de Mario lo hacía algo más trágico. Porque, aunque era algo que se había dicho muchas veces, en ese momento se convenció. Se dio cuenta que todos y cada uno de ellos formarán parte del terreno donde sembrará el amor futuro. Que, al no querer olvidarlos, va dejando tras sus pasos residuos de amores rotos que no son biodegradables, y que contaminan su ecosistema con capas, capas y más capas de perversa melancolía.

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