Las convenciones sociales entran en tu vida hasta la cocina, literalmente. Una de las que no tuvieron cabida en la mía fue poner el lavavajillas a ras de suelo. Tenía muy claro que iba a ir elevado, a una altura similar a la de la encimera y al lado del fregadero. La razón es simple: comodidad. Al ir siempre sentado, agacharme no era una opción, así que instalarlo en el lugar habitual no tenía ningún sentido. Y a ti, si lo piensas un rato, quizá no te parezca mala idea copiarlo. Dale una vuelta.
El problema es que cuando estuve haciendo la lista de electrodomésticos, todos surgieron por inercia. Repliqué el modelo de cocina de mis hogares anteriores sin darme cuenta de que estaba reproduciendo un modelo de vida que ya no tenía cabida en mi presente, y mucho menos en mi futuro. En agosto de 2019 comenzó mi vida independiente en mi piso de Laredo, y antes de las Navidades de ese año ya me estaba preguntando qué narices hacía un microondas ocupando espacio en mi encimera.
Lo usaba para una sola cosa: hacer palomitas. El café lo tomaba solo y las sobras las prefería en la sartén a fuego lento, porque el calor se reparte de manera uniforme y la comida tarda más en enfriarse. Cuando volví a comprar maíz para prepararlas como cuando era crío, aproveché para recuperar ese espacio y dárselo a una freidora de aire.
Mañana se hará efectiva la donación del microondas al laboratorio de mi hermana, y llevo todo el día pensando en lo que simboliza ese pequeño electrodoméstico: el triunfo de un ritmo de vida frenético que no te permite tomarte ni medio minuto para calentar el café o el agua de tu infusión en un cazo. Vivimos con la ilusión de que ese aparato nos devuelva el tiempo que se nos ha evaporado durante el día. Abrimos la nevera, un par de pulsaciones en el frontal del micro, y aprovechamos para leer el correo o hacer un poco de scroll con el zumbido de fondo hasta el pitido final.
Vivir sin microondas es un lujo que solo podemos permitirnos quienes tenemos tiempo de atesorar tiempo.
