Disparos

Hans llegó a la mansión de Vinyrus después de una caminata de más de media hora. Rodeado de nieve y de un silencio gélido salpicado por el graznido de algunos cuervos, comenzó a examinar el exterior con cierto aire introspectivo. Tras un buen rato inmóvil delante de lo que hace años debió ser un lugar de referencia para la aristocracia rusa, suspiró y comenzó a preparar la sesión fotográfica con la que pretendía mostrar la hermosura de la decrepitud de la finca. Mientras montaba el trípode con las manos heladas para sacar la primera foto de la mansión de Vinyrus recordó el calor que le daba su taza de café solo 24 horas antes.

Estaban en la sala de reuniones de la redacción acabando la planificación de trabajo semanal. Dirigía la reunión Jürgen, su jefe, con su despotismo habitual restregando su superioridad a todos los redactores. Solo quedaba un único punto del orden del día por aclarar: saber cuál iba a ser el último trabajo de Hans para la revista. 

—Y, para acabar, el trabajo de Hans para nuestro primer número del año y con el que cerrará su etapa con nosotros, será una sesión de fotos de la imponente mansión de Vinyrus, en Siberia. Es cierto que es una edificación que está ya en un estado pésimo, decadente y prácticamente ruinoso, pero alrededor de ella circulan muchas leyendas urbanas. Se dice que en tiempos del zar Nicolás II era impresionante la actividad que había allí. Recepciones, bailes… se habla incluso de orgías y ejecuciones en las almenas. Y mira cómo son las cosas. De ser lo más de lo más, a estar abandonado, solo, y a punto del derrumbe. ¿No ves cierto parecido con tu carrera, Hans? Me parecía un reportaje de lo más adecuado para tu despedida de “Lost in Planet” y, probablemente, de la profesión.

Esa puñalada fue solo el principio de un viaje que parecía haber sido guionizado por su jefe con el único propósito de putearlo: retrasos en el vuelo de salida de Berlín hacia Moscú, pérdida del enlace con Anadyr y del equipaje que había facturado… Por lo menos el viaje en autocar de Anadyr a Vinyrus había transcurrido sin incidentes, eso sin tener en cuenta la nevada que cayó nada más llegar a destino y que les había dejado incomunicados en esa población de escasos 1000 habitantes. Solo fue un respiro. Esta mañana, después de un desayuno antes del amanecer, Hans se encontró con que el equipo fotográfico que llevaba como equipaje de mano había desaparecido de la habitación del hotel.

Tras poner la pertinente denuncia en la comisaría se dirigió a la única tienda en la que le dijeron que podía encontrar una cámara fotográfica, aunque por su aspecto parecía más un establecimiento de venta de antigüedades. El local era una caseta de madera regentada por un hombre de una edad cercana a los 90 años y que parecía ser más joven que cualquiera de los artículos que vendía. De aspecto desaliñado, excesivamente delgado, con los ojos hundidos en el cráneo y una barba larguísima que llegaba a cubrirle medio torso. Su manera de hablar era curiosa, seguramente debido al escaso dominio del alemán. Y es que hombre reconoció a Hans nada más verlo.

—¿Por el castillo viene?

—Eh… sí. Debo hacer un reportaje sobre la mansión. Me han robado el equipo y me han dicho en comisaría que usted quizá tendría…

—Muchas leyendas. Pocas verdades…— el viejo parecía renegar del pasado que envolvía ese lugar. Lo hacía agachado detrás del mostrado mientras buscaba entre unas cajas de madera. Reapareció con una cámara analógica de mediados del siglo XX, tres carretes de fotos de marca impronunciable y material para revelar los negativos— Usted mostrará las dos caras. Despegue con cuidado.

El buen hombre le acompañó hasta la puerta y le despidió con una sonrisa desdentada y un brillo ilusionado en los ojos. Hans, mientras se alejaba, sintió algo de pena por él. Quizá esperaba que retomaría el vuelo y completaría un trabajo de investigación profundo sobre la historia de Vinyrus, o que se dedicaría a separar la historia de la leyenda como hizo años atrás, cuando cubría conflictos bélicos. Todo aquello quedaba ya muy lejos para él.

“Un lugar venido a menos fotografiado por una vida paralela”, pensó Hans después de los dos primeros clics y mientras recogía los bártulos para adentrarse en la mansión. Le venían a la mente los años como corresponsal de guerra, el éxito de sus imágenes abriendo ediciones de periódicos y telediarios de todo el mundo, y el reconocimiento como mejor fotoperiodista durante tres años consecutivos. Pero también recordó el momento en el que decidió que se acabaron las aventuras: la captura de la imagen de un proyectil atravesando la cabeza de un crío de 5 años que en ese momento corría hacia él. Una fotografía sin negativo, impresa solo en su retina. Desde aquel instante su vida se fue apagando poco a poco. Se dedicó a viajar por el mundo fotografiando rincones paradisiacos, lugares devastados por catástrofes naturales… se acabó retratar a personas. Se dedicaría solo a objetos inanimados como él.

Las pocas horas de luz de las que disfrutaban en esa época del año en Vinyrus obligó a Hans a volver al hotel poco después del mediodía. Había podido tomar una veintena de instantáneas, material que podía resultar suficiente pero que quería completar con los interiores de las estancias que se encontraban en lo alto de las almenas que flanqueaban la mansión, y eso si no tenía que repetir algunas de las que había hecho. Para aprovechar el tiempo al máximo, pidió a la cocina del hotel que le subieran a la habitación algo para comer y un termo con caldo muy caliente.

Hans comenzó a montar el laboratorio de revelado en el baño. Hacía tantísimo tiempo que no hacía algo así que tuvo que consultar en Internet algunos conceptos que había olvidado por completo. Además, las instrucciones que venían con el material de revelado estaban escritas en ruso y eso tampoco ayudaba demasiado. Cuando lo tenía todo preparado comenzó a desenrollar el negativo. Entonces se dio cuenta de que una de las esquinas del film comenzaba a abrirse dejando ver que estaba compuesto de dos películas. Las separó con mucho mimo y muy, muy despacio. Cuando colocó al trasluz y por separado las dos partes que debían formar el único negativo vio imágenes similares, pero no iguales. “Usted mostrará las dos caras. Despegue con cuidado”. Las palabras del viejo de la tienda volvieron a su cabeza.

Comenzó revelando las dos instantáneas que debían corresponder a la primera fotografía que tomó en la que debía aparecer una vista general de la mansión. Mientras que uno de los revelados mostraba la imagen que Hans tenía en mente al apretar el obturador de la cámara, la otra mostraba la misma mansión desde la misma perspectiva pero en perfecto estado. El tejado, las paredes… incluso los jardines lucían cuidados y recién arreglados. Era como si la película hubiera captado la misma imágenes en dos momentos temporales diferentes.

Hans apartó el resto de negativos de las fotos de exterior y se dedicó a revelar los interiores. No podía creerlo. Mientras una película mostraba la decadencia de unos tabiques en ruinas y cubiertos de maleza, la otra permitía ver cómo era la vida en ese palacete a finales del siglo XVII. Terciopelos en las ventanas, alfombras inmensas, oro reluciente en prácticamente cada complemento… y no solo mobiliario. Hans podía ver en las fotografías a los asistentes a esas fiestas. Generales luciendo todas sus condecoraciones y damas con vestidos impresionantes. Y también sin ellos. Jürgen estaba en lo cierto. En la fotografía de una de las habitaciones presidenciales podía observarse una escena digna de una película porno ambientada en la época del zar Nicolás II. Hans estaba acojonado. Tenía en sus manos una cámara y una película con las que podía fotografiar el pasado. Reaccionó de repente cuando el dolor en la palma de sus manos le indicó que las uñas estaban a punto de atravesarle la piel de tanto apretar los puños.

Salió del baño a toda prisa y se lanzó a buscar la libreta que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero. La abrió y comenzó a escribir a toda prisa con letra nerviosa y prácticamente ininteligible: asesinatos de JFK, Bin Laden, la Dalia Negra, Natalie Wood… A Hans le venían a la mente decenas y decenas de casos de muertes sin esclarecer o sobre las que se han escrito diferentes versiones con conspiración incluida. De repente se detuvo. Lo vio de nuevo. Volvió a la primera hoja de la lista y al inicio escribió en mayúsculas y rodeado con un círculo:

ÉL.

Imagen: The castle in Muromtsevo (2)“, de Taema

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