Corazones que nunca estarán solos

Bendita adolescencia cuando se vive en primera persona. Hace ya más de media vida que dejé atrás esa etapa, pero a pesar de eso recuerdo aquellos desórdenes hormonales con claridad. Y añoranza. A los 16 uno empezaba a perder la noción del tiempo admirando los rizos de la compañera que se sentaba a tu lado. Los perfumes femeninos dejaban de ser molestos al olfato y provocaban una extraña combinación al mezclarse en el torrente sanguíneo. Una mirada, y el pecho se contraía. Los pulmones decidían dejar de moverse y el corazón golpeba más rápido pidiendo espacio. Y entonces, apareció Quevedo.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.

Médula, amor y muerte. Tres palabras presentes en un soneto de hace 400 años que conocí con dieciséis, y que más tarde acabarían marcando mi vida, y la suya. Porque es lo que te queda. Pensar que el amor que ella profesaba por mí fue lo único que el cáncer no pudo arrasar, y que sigue presente en sus cenizas. Amor más poderoso que la muerte, lo tituló el poeta. Lo que nunca explicó es qué le ocurre al amor que se queda estancado en el cuerpo vivo y que ya no se puede compartir. Hay amores que atan, y que no se sueltan aunque uno de los implicados falte.

¿Quien se atreve a amar para siempre?, preguntaba Freddie Mercury. Hay gente que no tiene elección, y que lo hará toda la vida. Igual que uno no escoge a quien amar, tampoco se puede (ni se quiere) decidir el momento de dejar de hacerlo. Es por eso que duele cuando intentas meter a alguien más en ese corazón, pero con la paciencia necesaria se acaba encontrando el equilibrio y cada amor se acomoda en su espacio. Nadie te enseña. Ni a ti, ni a esa persona que se empeña en hacerse un hueco.

No es fácil acostumbrarse a esa sensación de extraña soledad cuando uno se siente permanentemente acompañado.

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marctorrano

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