Corazas

No es necesario. Llega un momento en el que esta armadura tan pesada lo único que hace es sobrar. Aun sabiéndolo, la miras a ella de reojo para comprobar si también la lleva puesta porque no quieres ser el primero que se quede al descubierto. Entonces te acercas dando rodeos. Despacio, como si comenzaras uno de esos bailes de apareamiento en pleno vuelo. Ella te observa, desde el centro de tus trayectorias, controlando tus movimientos. Te acercas pausadamente, con cuidado, evitando dar un solo paso en falso. Es entonces cuando sucede lo inevitable.

La fuerza de atracción de los cuerpos es brutal. Tanto, como la de repulsión que ejercen sus armaduras. No quieren. El amor no es compatible con esta atracción pero, aun así, no desistes. Y es cuando, en un intento de robarle el corazón todo revienta y salta por los aires. Primero las protecciones de piernas y brazos, y justo después se desintegran las del pecho, la espalda, e incluso el casco.

Aprovechas la inercia, y llegas a ella. Sin coraza es mucho más sencillo llegar a su corazón. Lo coges con ambas manos, acunándolo, pendiente de no lastimarlo. Una vez pasado el trago del primer contacto, levantas la vista, ahora más tranquilo pero sintiendo el peso de la responsabilidad que supone hacerse cargo de ese tesoro.

Mientras acomodas el corazón de ella en tu pecho con la mano izquierda, la derecha le ofrece el tuyo recién extraído: “Ten. Quédatelo, y te prometo que escucharás tu latido cada noche.”

Y te hizo un hueco dentro de su pecho desnudo. Y, desde entonces, la vida se comenzó a disfrutar también con los sentimientos del otro.

Imagen: Coraza, de Juan Gallo

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