Consigna: confesión de un secreto a un amigo

Mi querido Nadie,

Sí. Éste ha sido tu segundo nombre para mí los tres últimos años: Nadie. Y no porque te subestime, no. Todo lo contrario. Te tengo en muy alta estima, más incluso de la que crees y de la que intuyo que serás capaz de soportar. Llamarte de ese modo, para mí, supuso una liberación muy grande. Sabes que no tolero la mentira y que siempre quedo en evidencia cuando tengo que soltar una piadosa, o a la hora de guardar un secreto.

Hay algo que quieres preguntarme desde hace tiempo, pero que no haces directamente por miedo a la respuesta. Lo sé. Me lo dicen tus ojos, tan transparentes como siempre. Esos preciosos ojos marrones que desvías de los míos cuando a mi mirada se le escapa algún gesto que sobrepasa la amistad. No quieres oír la verdad, aunque la supones. Y pareces aplicarte el cuento de “orejas que no oyen, corazón que no sufre”.

Pero soy yo quien ya no puede más, y aunque mis palabras puedan causar que te alejes de mí para siempre debo decírtelas. Porque anoche, en plena borrachera, desee hacerte participe de ese secreto que ambos sabemos y que sólo yo disfruto (o más bien sufro) como cierto. Porque anoche, cuando me cogiste la cara con ambas manos y me atravesaste inquisitivo casi gritándome “¿Me dirás de una puta vez quien te gusta, te mola, o lo que coño sientas?” te lo quise mostrar sin mi voz, pero con mis labios. Porque anoche, después de corresponderte tomando yo también tu rostro, quise besarte en lugar de decirte: “Nadie, Jaime. Grábate bien estas palabras, porque sabes que no puedo mentir. Nadie es dueño de mi corazón y mis entrañas. Nadie“.

Tagged:

Author Details

marctorrano

Deja un comentario