El curioso concepto de la accesibilidad en Cantabria: #accesibiliCAN

Este post me lo estoy haciendo encima desde que vi que desde Turismo de Cantabria abrió una sección en su portal llamada “Cantabria accesible“. Algo positivo a priori, ¿verdad? En esta comunida existe, desde 1996, una ley sobre accesibilidad y supresión de barreras arquitectónicas. Sabiendo eso, y tras leer que “Aquí encontrarás información de todo tipo de recurso y alojamiento turístico que disponga de instalaciones adaptadas para personas con discapacidad en Cantabria” uno, iluso, espera encontrar lugares que cumplan con esos criterios que marca la ley cántabra, dado que este sitio web es el oficial dependiente del Gobierno de Cantabria. Lo dicho: un iluso.

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Filosofía “I’m possible”: Aaron Fotheringham

Si hay alguien que pueda considerarse un abanderado de la filosofía I’m possible en el mundillo de las sillas de ruedas, ese es Aaron Fotheringham. Y que conste que no me apasiona lo que hace ni lo admiro especialmente, pero no puedo negar que es un ejemplo de que las barreras que nos impiden conseguir nuestros objetivos las tenemos, en muchas ocasiones, en nuestra cabeza.

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Átlas. Un libro de viajes que se escucha y se siente.

photowalk: reunión de personas aficionadas a la fotografía en la que se da un paseo por una zona concreta para realizar fotografías.

Hace tiempo supe de un proyecto de photowalks virtuales en los que se aprovechaban estas quedadas fotográficas para retransmitirlas por Hangout y, de esta manera, dar a conocer a personas con una gran discapacidad, o que por alguna razón no puedan salir de sus casas, otros rincones del mundo. Además, con estas reuniones de vídeo en directo se integraban en el grupo como si fueran uno más, dando incluso indicaciones a los fotógrafos para poder tomar aquellas instantáneas que jamás podrán hacer.

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A vueltas con el sexo de los discapacitados

Aquí, entre nosotros, os diré que no soporto la palabra “igualdad”. Le encuentro un tono paternalista y en su significado que alguien, en algún momento, ha estado por encima de otro. Esa igualdad encierra discriminacion y condescendencia. Así que, por favor, dejémonos de hipocresías: los retrones somos diferentes a los bípedos.

En ese afán de promover la igualdad, a algún arquitecto (o arquitecta), muy probablemente en soltería (o, por lo menos, sin hijos) se le ocurrió un día que los retrones debían sentirse discriminados al ir al baño. Debió pensar: “pobre gente… seguro que se sienten asexuados por no entrar a un baño de hombres o mujeres y tener que acceder a uno que les define por su condición de discapacitados“. Así que tuvo la feliz idea de incluir un habitáculo más grande en los baños de ambos sexos. La idea a priori mola y parece integradora, ¿verdad? Pues… no. Por lo menos, no para mí.

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Soy un retrón, y yo sin enterarme

Seis semanas estirado en la cama de un hospital dan para pensar mucho. Las posteriores, cuando comienzan a sentarte en una silla de ruedas similar a la  que usarás el resto de tu vida, también lo haces, pero de manera diferente. Las cavilaciones se entremezclan con las nuevas sensaciones que va experimentando tu cuerpo y te das cuenta que todo lo que habías imaginado estaba pervertido por la (errónea) idea que uno se había hecho de la discapacidad.

Cuando volví al mundo real (tras 9 meses de ingreso + rehabilitación ambulatoria) yo prioricé mi “reincorporación” a la sociedad. O sea, hacer sentado lo que me hubiera tocado hacer de pie si un coche no se hubiera cruzado en el camino de mi moto. Es algo que tiene bastante lógica (para mí, por lo menos). Decidí que mi silla y mis dificultades para operar con “normalidad” ya iban a cambiar bastante mi vida como para, además, cambiar yo mi actitud y mis expectativas sobre lo que espero de ella. Había visto a gente conformarse con vivir de su pensión, montar una ortopedia o involucrarse de lleno en una asociación para discapacitados. Yo no quería eso. Para mí era como envolverte en la problemática que representan las dificultades. Hacer de ello escudo y bandera.

Hoy he descubierto el blog De retrones y hombres. Estoy enganchado. Explican Instruyen sobre lo que implica una retroñez (aka discapacidad) de una manera irreverente, sarcástica… REAL, en definitiva. Con el segundo artículo me descojonaba yo solo en casa, concretamente a leer estos párrafos sublimes:

En este blog, a pesar de tener a nuestra disposición tan amplia gama de opciones, preferimos usar “retrón. Un vocablo inventado, sonoro, que recuerda a “retarded” en inglés, a “retroceder” y que suena despectivo. Nuestros motivos, y los míos personalmente, son básicamente dos:

Por un lado, si no te sabes reir de ti mismo, tienes un problema serio. Seas retrón o no. Cualquiera que tenga dos dedos de frente lo sabe. Si eres gordo y te molestan los chistes de gordos, 1. lo vas a pasar mal en la vida, 2. los van a contar igual cuando te gires y vas a ver por el rabillo del ojo cómo se ríen disimulando, y 3. te vas a perder algún chiste de gordos francamente bueno. Si encima vas y te empeñas en que la gente no llame “gordos” a los gordos, sino “personas de volumen curiosón“, “humanos de abdomen generoso” o “delgados en desarrollo“, entonces ya ni te cuento.

En segundo lugar, y más importante si cabe, es siempre bueno tener una lista de prioridades. Como escribí un día que estaba inspirado en twitter:

Receta para ser feliz: 1. Aprende a distinguir lo importante de lo que no lo es. 2. Actúa en consecuencia. 3. Sí, sí, actúa en consecuencia.

Sinceramente, hay muchas cosas que hacer que van antes que intentar modificar el lenguaje. Uno puede dedicar sus energías, su dinero y su tiempo a que la sociedad, en vez de llamarnos “minusválidos“, nos llame “locomotivamente creativos“, “chanantemente bailongos” o “personas con biomecánica interesante“. Uno puede enfadarse cuando escucha o lee “minusválido“, y ponerse a mandar cartas al director, escribir comentarios en blogs, quemar diccionarios de la RAE, o traducir el BOE a lenguaje buenista. Pero, lamentablemente, las energías, el dinero y el tiempo, son recursos limitados.

Lo siento. El mundo está hecho así.

Me siento tan identificado con todos los textos que he leído hasta ahora de Raúl Gay y Pablo Echenique que entran unas ganas enormes de sumarse al equipo para explicar impotencias, risas y situaciones tanto divertidas como dolorosas que he vivido (y que me quedan aún por experimentar). Echo de menos escribir, y sería una buena opción hacerlo. Lo malo es que ambos abandonan el blog porque no tienen tiempo para ello. Lo bueno es que eso me daría más posibilidades para poder involucrarme y retomar mi “yo” más ácido con respecto a la discapacidad.

Y lo malo es que piden constancia. Y mi último post es de hace medio año…

Terapia

Escribir solía servirme como terapia. Es más barato que una consulta de psicología, no tienes que desplazarte, puedes hablar de lo que quieras y no sobre lo que te pregunten… La cuestión es que hace bastante tiempo que no lo hago. Y no será porque no haya mierda que sacar (ahora ya no es necesario abrir un periódico. Bastan las portadas). Lo cierto es que… no sé. Algo me bloquea. Quizá me he vuelto algo vago. Continue reading

Cansado

(vaya por delante que he estado tentado de no publicar este texto. Pero, como dice el título, ya estoy cansado)

– A este chico lo podemos llevar hasta la zona VIP, ¿verdad?
– En principio no, pero no habría ningún problema

Enigmática respuesta, ¿verdad? Bueno. Os voy a poner en antecedentes. El miércoles 4 de septiembre acudo a la rueda de prensa de presentación de la prueba del Madison Beach Voley Tour que se celebró este fin de semana en Laredo. A la hora de recoger las acreditaciones para cubrir las pruebas, pregunto si voy a poder acceder con la silla de ruedas. Es algo automático. Instintivo. Vosotros, la “humanidad ambulante”, dais por echo que podéis ir a todos los sitios sin problemas. A nosotros, los usuarios de sillas de ruedas, nos pasa todo lo contrario. Asumimos que, por norma, nos vamos a encontrar problemas. Y aunque nos digáis que se ha pensado en los accesos, como fue este caso, seguimos teniendo nuestras reservas.

Estamos acostumbrados a sentirnos mercancía al subir en montacargas a algunos lugares, a entrar a restaurantes desde la cocina, a ver una película en el cine desde el lateral de una de las primeras filas, a jugarnos la vida y las espaldas de nuestros porteadores cuando nos tienen que subir las escaleras de acceso a una iglesia, o a comer de lado en una mesa porque es tan baja que las rodillas no entran por debajo. En mi caso lo he llevado con paciencia y toda la naturalidad y comprensión posible, pero el agotamiento del trabajo de este verano, sumado a la visualización de lo que, probablemente, hubiera tenido que vivir este fin de semana para fotografiar el voley playa me ha obligado a decir “hasta aquí”.

Las previsiones climatológicas no eran las mejores estos días, pero aún así quise acercarme para ver cómo podría fotografiar los partidos y de qué manera podría acceder a la pista. La idea de la organización era usar la pasarela de la playa y, a partir de ahí, que alguien me ayudara. Recordemos la combinación y, por favor, visualizadla: silla de ruedas + tipo de unos 80-90kg + arena de playa seca. Cuando pregunto si lo que piensan es dejarme sobre arena de playa (seguid imaginando qué puede ser eso), se dan cuenta de la situación. Es entonces cuando se dan la pregunta y respuesta que encabezan el post.

Y sí. Es cierto. Tener dificultades de movilidad en ocasiones provoca que disfrutes de una entrada VIP a coste de una normal. En este caso, la zona exclusiva estaba situada en el extremo opuesto de la pista al que se encuentra la entrada. Así que solo imaginarme porteado por dos personas, cual César paseándose por delante de las gradas, me hizo descartar automáticamente mi asistencia. Con el agravante, claro está, de tener que avisar en caso de querer abandonar la instalación y esperar a que llegaran.

Después de más de 18 años de vivir estas situaciones, estoy cansado. Demasiado.