Menos móvil y más palillos

¿Quien no ha visto a críos enganchados al móvil de sus padres en plena sobremesa? Es una solución muy socorrida para que ellos estén entretenidos y no molesten a propios y extraños, es cierto. Pero, llamadme abuelo cebolleta si queréis, echo de menos los tiempos de los palillos encima del mantel, o los bolis para pintarrajeados si eran de papel.

Esto me vino ayer a la cabeza en plena comida familiar cuando mi cuñado los pidió después de comer. Allí estaban: planos, perfectos para construir una nave espacial o un planeador con la ayuda de un cuchillo. O como actores de un problema matemático o de lógica.

Puede que cualquier tiempo pasado fueran mejor, o solo anterior. O quizá fuera yo un crío raro al que le gustaba darle vueltas a la cabeza intentando averiguar cómo narices se pueden sacar 4 triángulos equiláteros iguales moviendo sólo 3 palillos (o cerillas). Me hago viejo…

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Si tú también lo echas de menos, aquí tienes unos cuantos juegos más.

Hay jefes y gefes

Estamos viviendo la época del buenrrollismo. No digas crisis; di oportunidad. No digas competencia; di colaboradores. Hoy he visto como un conocido que busca trabajo ha compartido una oferta de empleo a la que opta aunque con ello pueda propiciar que alguien, también necesitado de curro y con mejor perfil que él, pueda enterarse y optar al puesto. Sinceramente… este buenismo desmesurado me hace pensar, a veces, que nos estamos agilipollando.

Leía esta semana un artículo que hablaba de la muerte de los jefes y del nacimiento de los gefes, que no es más que un juego de palabras para definirlos como GEstores de FElicidad (ya. Algo digno de Mr. Wonderful). Me sorprendió que se proclamara como una novedad cuando yo lo viví en mis carnes hace ya muchos años. Imagino que puedo sentirme afortunado. Solo he tenido dos jefes en mi vida laboral (además de mí mismo) y nunca he tenido la sensación de ser una maquina al servicio de un cometido, que por lo visto es lo que suelen hacerte sentir los jefes con J. El primero de ellos fue mi padre (en serio: eso de ser ‘el hijo del jefe’ no es un camino de rosas como dice la leyenda) y el segundo, era más un gefe líder.

El muy cabrón tenía la habilidad de involucrarte en sus proyectos y hacer que los sintieras como propios. Así no es complicado que la gente se deje los cuernos por conseguir el objetivo marcado, y menos aún cuando en el equipo reina el buen ambiente. Y sí. Sabía gestionar la felicidad de la plantilla. Con él sabías que todo trabajo tenía una buena recompensa al final, o incluso podías disponer de parte de ella al comenzar.

Son tiempos que, a veces, se echan de menos. Luego recuerdo las jornadas de 16 horas programando antes de la liberación de un proyecto y se me pasa ;)

(Imagen de cabecera obra de Shayne Kaye)

Cuando crees que está mal aprovecharse de lo que eres

O de cómo eres. O en lo que te has convertido. O te han convertido, no sé. La cuestión es que yo evité aprovecharme de lo que era hace 20 años y ahora me arrepiento. Bueno… creo. No lo sé.

Me explico: hace algo más de 21 años tuve un accidente de moto. A raíz de ese golpe sufrí la rotura de dos vértebras cervicales. Un trozo de hueso quiso meterse hacia adentro de la columna con lo que, además, mi médula espinal acabó seccionada. Resultado: tetraplegia a nivel de la 6ª-7ª cervical. ¡Ah! Y la rodilla izquierda rota.

La cuestión es que una vez estás inmerso en el maravilloso mundo de la discapacidad te das cuenta de muchas cosas: de lo buitres que pueden llegar a ser algunos abogados, de la multitud de pequeñas barreras (arquitectónicas y humanas) que nos rodean a los usuarios de sillas de ruedas, de lo complejas que pueden ser las gestiones burocráticas, de los abusos que cometen algunas ortopedias… Así que un día pensé: “Si alguien me hubiera orientado en este mundo desde un principio…”. Y el siguiente pensamiento fue: “Si no existe, crea tú una ‘asesoría de la discapacidad'”.

Como idea es cojonuda, sí. Y útil. Y válida. Pero en ese momento también pensé que quería tener una vida normal. Que no tenía que permitir que mi retroñez (aka discapacidad) afectara al curso de mi vida más de lo imprescindible. Si no pensaba hacer eso antes del accidente, ¿por qué hacerlo ahora? ¿Por qué dedicarte a algo únicamente por lo que eres?

Viéndolo con perspectiva, considero que fue inteligente la decisión que tomé en su día. Pero también es cierto que el otro camino no hubiera sido malo del todo.