Las cosas no se instauran. Las instauramos

– ¿Qué ha pasado con el jarrón?

– Se ha caído

– ¿Él solo?

Frases de madre. Todos hemos intentado escaquearnos con esa excusa. En nuestra infancia las cosas se caían o se rompían, y nunca era por nuestra culpa. El jarrón estaba allí, yo chuté la pelota y… en fin. Que el jarrón quiso esquivarla, perdió el equilibrio justo en el borde de la estantería y se cayó.

Pero crecemos y nos damos cuenta de que no es así. Las cosas no pasan, sino que siempre hay algo que las provoca. Ya no tenemos edad para escurrir el bulto y debemos aceptar nuestra parte de responsabilidad en los actos. ¿Y a qué viene todo esto? Pues porque me he dado cruenta que he soltado mi tuit 25.000 en medio de un debate que tiene algo que ver con lo que explico.

Imma y Peich me han ilustrado durante los últimos meses sobre el lenguaje sexista en los medios, y especialmente en la prensa deportiva. Y ha dado resultado, porque un titular que hace un tiempo me hubiera pasado desapercibido hoy me ha llamado muchísimo la atención: “La ‘niñita’ de Luis Enrique… y el niño de los goles de oro”. No he querido dejarlo estar, y me he puesto en contacto con Marca y con el redactor del artículo para mostrar mi disconformidad. No esperaba respuesta, pero la hubo. Y no precisamente para rectificar. Entre los tuits de respuesta de Hugo Cerezo ha habido uno que me ha indignado especialmente.

Tuit hugo cerezo

¿Quien “ha instaurado” esa palabra para hablar de los protegidos? ¿Tanta influencia tiene Pep Guardiola en el lenguaje, que una palabra suya bastó para instaurar un sentido a ‘niñita’? No. Escudarse en que “lo ha dicho Guardiola” no te exime de la responsabilidad de utilizar un lenguaje correcto, Hugo. No cuesta nada, pero nada, dejar de hacer analogías entre la debilidad y las mujeres. Quien instaura ese término sois vosotros, que lo utilizáis a la hora de escribir. Y si alguien lo utiliza en una rueda de prensa, podéis optar por no entrecomillar y darle el sentido correcto a la frase. O corregirle, que tampoco cuesta nada.

Porque… volviendo a las frases de madre. Si Pep dice que hay que tirarse de una ventana, ¿lo harías?

Bailando con los dedos

Ojalá fuera fácil retomar el hábito de la escritura. Bueno… quizá eso sea sencillo porque, a decir verdad, tampoco es tan complicado pasar un rato frente al ordenador. Recopilas palabras, tejes frases, confeccionas párrafos…

Crear es otra cosa. O, mejor dicho, expresar con palabras lo que la imaginación crea es otra cosa. Porque, en ocasiones, basta con observar lo suficiente un gesto cotidiano para dotarlo de un sentido totalmente diferente. El cerebro llama a filas a los dedos para que se pongan a trabajar y… ya no recuerda cómo dar las órdenes.

Puede que ella estuviera escribiendo un simple correo. Puede que estuviera escribiendo una canción. Poco importa. Lo que yo veía eran diez dedos danzando al son de una música cerebral.

Crear es fácil. Escribir es fácil. Escribir lo que creas es lo complicado. O tal vez no. Tal vez solo requiera trabajo.

Datos que dejé cruzados

Hace unos días andamos todos revolucionados con el tema de las nuevas condiciones de uso de WhatsApp y el hecho de que comparta la información de nuestra cuenta con Facebook. Los infoconspiranoicos nos sentíamos felices y contentos porque podíamos no aceptar esa condición y mantener así la poca privacidad que nos queda. Somos así de facilones. Leyendo la letra pequeña observamos que la información se sigue compartiendo aunque (supuestamente) no sea con fines publicitarios.

WhatsApp avisa que, aunque no sea con fines publicitarios, va a compartir la información de tu cuenta con Facebook. Los nuevos usuarios no podrán escoger.

WhatsApp avisa que, aunque no sea con fines publicitarios, va a compartir la información de tu cuenta con Facebook. Los nuevos usuarios no podrán escoger.

Todo esto viene porque en esas fechas mi navegador comenzó hacer cosas extrañas. Os cuento: tengo la aplicación oficial de WhatsApp mediante la cual puedo enviar y recibir mensajes en mi ordenador de escritorio. La cuestión es que comenzaron a aparecerme en pantalla algunas conversaciones con mis amistades cuando pasaba el ratón sobre algunos de los perfiles de Facebook en mi navegador. Curioso. ¿Un bug de la aplicación? ¿Casualidades? Si atendemos al mensaje de as condiciones de servicio sería algo perfectamente normal dado que esa información puede compartirse. Pero lo que es digno de un programa de Cuarto Milenio es que Mark Zuckerberg me recomendara hacerme amigo de mi ex.

No voy a explicar intimidades pero tal y como acabó la relación sería muy de extrañar que ella me haya seguido la pista en la red, al igual que yo no he buscado ningún tipo de información sobre ella. Su número de teléfono no está en mi agenda y dudo mucho que el mío aparezca en la suya así que… ¿de dónde c**o ha sacado Facebook esa relación entre nosotros?

Debo decir que somos ex desde 2006 y que Facebook empezó a esparcirse por España entre 2007 y 2008. Vivíamos en una población en la que ella no está desde que nos separamos (creo) y yo me largué a 700 kilómetros en 2010 así que… ¿cómo es esto posible? ¿Casualidad? NI DE COÑA. ¿Qué datos cruzan en Facebook? ¿Cómo puede haberse dado esta relación en sus bases de datos? Sé que estoy basando mis conclusiones en el supuesto de que ella no haya buscado nada de mí, y pondría mi mano en el fuego (la izquierda, para no arriesgarlo todo) de que así es. Entonces… ¿qué ha podido suceder?

Esto llegó en un momento en el que pensaba cambiar mi iPhone5 por un teléfono similar al de la imagen que encabeza el artículo (hablo en serio). Pero, visto lo visto, puede que ya sea tarde. ¿Estamos sometidos a un control más allá de lo que podemos imaginar? ¿Mi paranoia ha llegado a límites insospechados?

Así que creo que voy a rendirme al hecho de que hemos perdido por completo toda privacidad. Solo espero que los AirPods no lean la mente.

El papel de fumar no es para las manos

He seguido los Juegos Olímpicos de Río mediante las redes sociales, y me ha resultado curioso comprobar cómo las noticias de las medallas que iba consiguiendo la delegación española se intercalaban con la indignación de muchas de mis conocidas por el lenguaje machista de ciertos artículos.

Ahora llegan los Paralímpicos, y lo que más repercusión tiene desde la inauguración es el salto de Aaron Fortheringan, el baile de Amy Purdy y el “desafortunado” tuit de la cuenta oficial de Río 2016 en español. Y yo, si me permitís el chiste, me descojono.

Los “cascaos” de ahora no somos como los de antes. Quizá ellos aceptaban mejor la condescencia, no les importaba ser los “pobrecitos” que necesitaban todas las atenciones o se sentían desgraciados cada vez que alguien les recordaba que tenían una discapacidad. Nosotros, los “rodantes” de ahora, somos más visibles y hemos crecido con el mantra de que debemos quitarnos la silla de ruedas de la cabeza para ponerla donde debe estar: debajo del culo.

Y sí: he dicho ‘descojono’ y ‘culo’. Basta ya de ser buenistas o de adoptar un lenguaje políticamente correcto. Que se diga desde una cuenta de Twitter que hay que ponerse de pie para escuchar el himno paralímpico debemos interpretarlo como lo que es: una muestra de respeto. Porque, sinceramente, a los que llevamos más de 20 años sin poder levantarnos nos ha costado mucho ver por qué se ha montado tanto revuelo con esa frase. Yo, cuando por fin me he dado cuenta, me he reído mucho. Y parece ser que no soy el único.

Por favor: igual que el colectivo feminista hemos pedido que se respete el esfuerzo de las mujeres en su deporte, desde mi silla pido que tampoco se les califique como héroes a los deportistas que este mes de septiembre están compitiendo el Río. El spot de los “súperhumanos” que ha hecho una cadena de televisión británica está muy bien para lo que es: dar visibilidad, llamar la atención y mostrar que podemos ser deportistas igual que cualquier otra persona. No pedimos más que a lo que se ha dado a los teloneros de los Paralímpicos, si es que la prensa deportiva tiene a bien dedicarnos algún hueco. Solo queremos un trato igualitario. Y si es posible, también en el pago por medallas.

Y hablando de competir en igualdad de condiciones: ¿alguien sabe cuántos preservativos se han repartido en la Villa Paralímpica?

Imagen destacada: 1960 Summer Paralympics, de Paul Townsend

Pokemon Go: la revolución de jugar en la calle

Recuerdo cuando, de crío, quedaba con los amigos para jugar al balón debajo de casa (privilegios de vivir en un pseudo-pueblo en la Barcelona de los 80). Utilizábamos las columnas de los edificios como límites laterales de la portería y el larguero era una línea imaginaria. “¡Alta!”, gritábamos cuando la pelota, supuestamente, la sobrepasaba. Más de un adulto se llevó un balonazo. Y si no, una patada, o los usábamos de “escudos humanos” para regatear a nuestros adversarios. Hemos dado un poco por saco a la gente por la calle. Convivíamos todos sin mayores problemas.

Tambien he pasado mi época gamer encerrado en casa. Una consola Philips G7000 entró en mi casa seguida, un poco más tarde, de un Spectrum 48K acompañado de su lector de casete para cargar los juegos. Es uno de los privilegios que tenemos los nacidos en mi época. Los que sobrevivimos a los pantalones nevados: sabemos qué es pasarlo bien en la calle y delante de una pantalla.

Supongo que, debido a haber vivido esas día maneras de ocio infantil-adolescente-juvenil vemos con otros ojos la revolución que va a causar Pokemon Go, o la llegada de la realidad aumentada de manera masiva, al entretenimiento. Porque trae consigo la unión de los dos mundos. La tecnología incrustada en el ocio en la calle.

Nota: Si a estas alturas no sabes qué es Pokemon Go ni cómo funciona, te recomiendo que te veas este vídeo de Luzugames en el que explica su primera experiencia con el juego y se ve claramente su funcionamiento.

Cuando ocurre algo que puede cambiar nuestro comportamiento me hace mucha gracia escuchar a dos colectivos: a aquellos que promulgan que esta acción es obra del demonio (o algo parecido) y que acabará desnaturalizando la esencia del ser humano (¿¿??), y también aquellos que opinan sin tener ni idea y que además, lo hacen en programas de radio o televisión y se quedan tan anchos porque creen que sus propios argumentos son la verdad absoluta.

No diré el programa, pero hoy en una tertulia matinal he escuchado a alguien asegurando que los usuarios de Pokemon Go van a pagar dinero por jugar Garín porque, si no, no se puede sostener (como si años después de usarlos estuviéramos dejándonos los euros para usar los servicios de Google o las diferentes redes sociales que utilizamos). Hay gente que todavía no entiende que los tiempos, y lo que nos rodea, están cambiando.

Ortega y Gasset dijo que “yo soy yo, y mis circunstancias”. “Y mis bits“, añadiría muy probablemente en esta era digital y tecnológica.

Menos móvil y más palillos

¿Quien no ha visto a críos enganchados al móvil de sus padres en plena sobremesa? Es una solución muy socorrida para que ellos estén entretenidos y no molesten a propios y extraños, es cierto. Pero, llamadme abuelo cebolleta si queréis, echo de menos los tiempos de los palillos encima del mantel, o los bolis para pintarrajeados si eran de papel.

Esto me vino ayer a la cabeza en plena comida familiar cuando mi cuñado los pidió después de comer. Allí estaban: planos, perfectos para construir una nave espacial o un planeador con la ayuda de un cuchillo. O como actores de un problema matemático o de lógica.

Puede que cualquier tiempo pasado fueran mejor, o solo anterior. O quizá fuera yo un crío raro al que le gustaba darle vueltas a la cabeza intentando averiguar cómo narices se pueden sacar 4 triángulos equiláteros iguales moviendo sólo 3 palillos (o cerillas). Me hago viejo…

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Si tú también lo echas de menos, aquí tienes unos cuantos juegos más.

Hay jefes y gefes

Estamos viviendo la época del buenrrollismo. No digas crisis; di oportunidad. No digas competencia; di colaboradores. Hoy he visto como un conocido que busca trabajo ha compartido una oferta de empleo a la que opta aunque con ello pueda propiciar que alguien, también necesitado de curro y con mejor perfil que él, pueda enterarse y optar al puesto. Sinceramente… este buenismo desmesurado me hace pensar, a veces, que nos estamos agilipollando.

Leía esta semana un artículo que hablaba de la muerte de los jefes y del nacimiento de los gefes, que no es más que un juego de palabras para definirlos como GEstores de FElicidad (ya. Algo digno de Mr. Wonderful). Me sorprendió que se proclamara como una novedad cuando yo lo viví en mis carnes hace ya muchos años. Imagino que puedo sentirme afortunado. Solo he tenido dos jefes en mi vida laboral (además de mí mismo) y nunca he tenido la sensación de ser una maquina al servicio de un cometido, que por lo visto es lo que suelen hacerte sentir los jefes con J. El primero de ellos fue mi padre (en serio: eso de ser ‘el hijo del jefe’ no es un camino de rosas como dice la leyenda) y el segundo, era más un gefe líder.

El muy cabrón tenía la habilidad de involucrarte en sus proyectos y hacer que los sintieras como propios. Así no es complicado que la gente se deje los cuernos por conseguir el objetivo marcado, y menos aún cuando en el equipo reina el buen ambiente. Y sí. Sabía gestionar la felicidad de la plantilla. Con él sabías que todo trabajo tenía una buena recompensa al final, o incluso podías disponer de parte de ella al comenzar.

Son tiempos que, a veces, se echan de menos. Luego recuerdo las jornadas de 16 horas programando antes de la liberación de un proyecto y se me pasa ;)

(Imagen de cabecera obra de Shayne Kaye)

Cuando crees que está mal aprovecharse de lo que eres

O de cómo eres. O en lo que te has convertido. O te han convertido, no sé. La cuestión es que yo evité aprovecharme de lo que era hace 20 años y ahora me arrepiento. Bueno… creo. No lo sé.

Me explico: hace algo más de 21 años tuve un accidente de moto. A raíz de ese golpe sufrí la rotura de dos vértebras cervicales. Un trozo de hueso quiso meterse hacia adentro de la columna con lo que, además, mi médula espinal acabó seccionada. Resultado: tetraplegia a nivel de la 6ª-7ª cervical. ¡Ah! Y la rodilla izquierda rota.

La cuestión es que una vez estás inmerso en el maravilloso mundo de la discapacidad te das cuenta de muchas cosas: de lo buitres que pueden llegar a ser algunos abogados, de la multitud de pequeñas barreras (arquitectónicas y humanas) que nos rodean a los usuarios de sillas de ruedas, de lo complejas que pueden ser las gestiones burocráticas, de los abusos que cometen algunas ortopedias… Así que un día pensé: “Si alguien me hubiera orientado en este mundo desde un principio…”. Y el siguiente pensamiento fue: “Si no existe, crea tú una ‘asesoría de la discapacidad'”.

Como idea es cojonuda, sí. Y útil. Y válida. Pero en ese momento también pensé que quería tener una vida normal. Que no tenía que permitir que mi retroñez (aka discapacidad) afectara al curso de mi vida más de lo imprescindible. Si no pensaba hacer eso antes del accidente, ¿por qué hacerlo ahora? ¿Por qué dedicarte a algo únicamente por lo que eres?

Viéndolo con perspectiva, considero que fue inteligente la decisión que tomé en su día. Pero también es cierto que el otro camino no hubiera sido malo del todo.