Ayer estuve escuchando el LP «Thriller». Antes de ese momento no recuerdo cuál fue la anterior vez que ese vinilo estuvo dando vueltas a 33 revoluciones por minuto, pero seguro que hace más de 30 años de ese momento. Y, sinceramente, ni siquiera recuerdo haber comprado o haber pedido ese disco aunque estoy convencido de haberlo hecho porque soy fan de Michael Jackson desde que tengo uso de razón.
Ayer, mientras sonaban canciones como «Baby be mine» o «The girl is mine» (qué mal envejecen algunas letras, afortunadamente), me dio por penar en toda la movida de Julio Iglesias y en cómo viví las acusaciones de pederastia al Rey del Pop.
Independientemente de la veracidad de los testimonios de las presuntas víctimas, mi dilema en aquel entonces fue: «Y ahora, ¿qué hago con todo ese sentimiento que tengo unido a su arte? ¿Puedo/debo separar persona de artista?» Reconozco que en su momento se me hizo complicado. Fue como si al agua dulce de su música se le hubiera añadido de golpe un buen puñado de sal, se hubiera agitado todo de manera convulsa y se hubiera puesto a hervir la mezcla como un acalorado debate de tertulianos en televisión. El tiempo, ese maravilloso decantador natural, ha enfriado la solución y la sal se ha precipitado en el fondo. El agua tiene un regusto salado, obviamente(no estaría escribiendo si no fuera así), pero se deja beber. Y, si cierro los ojos, incluso puedo simular en mi paladar el sabor de antaño.
El último disco que adquirí de él fue HIStory: Past, Present and Future, Book I. Me gustaría decir que fue una decisión consciente fruto de no querer seguir generándole beneficios a alguien sobre el que planeaba una sombra muy, muy oscura. Probablemente no fue así porque, para ese entonces, la carrera artística de Michael Jackson ya iba cuesta abajo.
Prefiero quedarme con los recuerdos generados en aquellos tiempos en los que su música no estaba vinculada a otra cosa que no fuera eso: su música.
