¿Quién en su sano juicio escogería como dorsal propio el 13? Puede que esta pregunta no tenga mucho sentido en 2026 porque ahora el dorsal forma parte de la marca personal para quienes practican deporte de manera profesional. Pero a finales de los 80, cuando el deporte inmensamente mayoritario entre los chavales era el fútbol, los integrantes de un equipo titular llevaban a la espalda los números del 1 el 11. Del 12 al 15 estaban reservados para quienes salían desde el banquillo, y el 13 solía asignarse al portero suplente. La leyenda más extendida cuenta que, al ser un número gafe y como el guardameta solo se sustituía por lesión, te ahorrabas que ese dorsal circulara por el campo.
Yo de chaval no me sentía muy atraído por el fútbol y nunca jugué en campo grande. Era de los altos de mi edad y algo patoso con los pies, pero por aquello de encajar en el grupo me sumaba a los partidos del recreo y me quedaba entre los tres palos. Cuando comencé a practicarlo en las extraescolares del colegio no solía jugar de titular. Un año más tarde vi la luz y comencé a practicar deporte de verdad: baloncesto. Cuando me preguntaron qué número quería llevar lo tuve claro: el 13. Me miraron raro. La misma mirada que recibía cuando contestaba “negro” a la pregunta “¿Cuál es tu color favorito?”. Ya estaba acostumbrado.
Esa preferencia por la ausencia de color y las ganas de ser diferente en la adolescencia me llevaron a ser fan de Estudiantes. Ahora, huérfano de dementes en la ACB, he decidido hacerme seguidor del Bilbao Basket. De lo que sigo huérfano es de dorsal: en mi nuevo equipo nadie lleva el 13.
