Atentado contra las emociones y los recuerdos

Hace poco más de un año escribía que había desbloqueado el logro de luto permanente en redes sociales. Creía que ya había puesto suficientes lazos negros, había etiquetado ya todos los tuits con #prayForSomewhere necesarios para sentirme próximo a las personas víctimas de atentados y que, por lo tanto, ya no debía hacer nada para demostrar todo mi apoyo porque debería ser algo que viene de serie con todo ser humano. Además, esas acciones sirven más para darse palmaditas en la espalda a uno mismo delante de un espejo.

Y entonces llegó el atentado de ayer en mi Barcelona. Hablaba con mi hermana por teléfono y escuché la entrada de otra llamada. Al colgar, mi móvil me advirtió de la persona que intentó hablar conmigo y, sobre ese aviso, otro de la aplicación de Cadena Ser: “Atentado en Barcelona”. La llamo. Llamo a esa persona por la que te dejarías cortar los dedos de una mano y le pregunto qué pasa. Ella estaba allí. La visualizaba allí, hablando conmigo, explicándome lo que había visto y oído. Jodidas distancias estas que solo permiten abrazar con palabras y emoticonos a quienes quieres.

Después del impacto inicial sigo aturdido. Pienso en que no volveré a ver ese lugar con los mismo ojos. Recuerdo mi primera “hamburguesa de plástico” en el McDonalds de la calle Pelayo, las celebraciones de las victorias del Barça en Canaletes y los toques de un malabarista del balón en la parte alta de La Rambla, los quioscos, las floristerías, los pájaros en jaulas y los peces de colores vendidos en bolsas de plástico, los paseos, la Boqueria, las partidas de ajedrez en plena calle, los mimos, los caricaturistas… y Sant Jordi. No quiero ni imaginar lo que hubiera ocurrido si se les llega a pasar por la cabeza actuar ese día.

Y me ha venido a la mente la imagen que robé hace 8 años. La primera y única vez que fui a pasar Sant Jordi en el centro de Barcelona. El amor que vi en ese momento. Y me ha hecho pensar en las llamadas recibidas y hechas, y en esos primeros pensamientos que ponen en orden las prioridades emocionales.

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