Alice in wonderland

Abre la puerta de su habitación con una sonrisa sosegada buscando la cama para estirarse en ella. Uno, dos y tres botes con los pies descalzos y juntos sobre la moqueta le sirven para lanzarse de espaldas sobre el colchón, y desparramar sobre él las pastillas restantes dentro del bote que sujetaba con su mano derecha. Alicia decidió hace unas horas lanzarse tronco abajo del árbol.

Y en su viaje es feliz. Todos los problemas que la presionan día sí y día también desaparecen. La sensación es extraña pues, contrariamente a lo que cabría suponer, no cae por el agujero sino que se eleva hacia la copa de ese frondoso árbol. Y vuela. Y ríe. Ríe a carcajadas sin un por qué, pero … es maravilloso. Siente la fuerza del sol que le recorre por todo su cuerpo y eso le da energía para sobrevolar el bosque a una velocidad de vértigo. Ese, y trescientos más puestos en línea recta si fuera necesario. Alicia disfruta del calor y del aire en la cara pero sin perder ni un sólo detalle de lo que captan sus ojos. Goza de todo aquello que es capaz de ver y percibir: cómo los pájaros alimentan a sus crías en los nidos, el jugueteo de un grupo de cachorros de lobo, el crujir de la vegetación al crecer, la carrera de un conejo blanco con gafas, …

Ahí estaba el muy cabrón. La raiz de todos sus males. La felicidad transitoria que la dominaba hasta ese momento se convirtió de repente en rabia y odio. Incluso un grupo de nubes negras se alió con ella para tapar al sol y convertir el bosque en un lugar sombrío y desagradable. Alicia descendía en picado hacia el maldito conejo a una velocidad endiablada; iba directa a despellejarlo y a acabar con él, pero sus movimientos eran rapidísimos. De todas maneras ella se sentía pletórica. Lo tenía a escasos centímetros y Alicia alargó el brazo derecho para intentar agarrarle la cola y hacerlo caer. Ya se veía vencedora cuando el conejo hizo un quiebro inesperado. Alicia no pudo esquivar una roca enorme y dio de lleno con su cara en ella cayendo al suelo. Cuando recuperó la consciencia estaba con la cara ensangrentada, muy mareada y empapada por la lluvia que cesó de caer cinco minutos antes …

… o del sudor frío que había cubierto su cuerpo. Se despertó estirada en la moqueta de su habitación, con la ceja abierta después de golpearse con la mesita de noche y con unas ganas de vomitar tremendas. Y tras un esfuerzo tremendo logró arrastrase hasta la taza del water.

Ya llegó de nuevo a la realidad.

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