“Aclavados”

Alguien pensó, en algún momento, que estaría bien colocar una jardinera fuera, en la pared, y plantar en ella un par de geranios que le dieran vida a ese muro de piedra gris, vieja y centenaria. O puede que de ese par de clavos colgara un cartel anunciando la proximidad de una panadería, un colmado, o la relación de platos de un menú del día. Qué sé yo… pero los imagino hace años con salud de hierro. Erguidos y musculosos a pesar de su rectitud.

Con la cabeza alta, en perpendicular a la pared, mirando a la cara a todo aquel que pasaba por la calle del Medio de la rúas laredanas desde hace… ¿20? ¿30? ¿60 años? Qué sé yo… No perdían la compostura. Día y noche, bajo tormentas de agua, nieve, granizo o jornadas de sol intenso, aguantaban estoicamente el peso de aquello que se les había encomendado. Era su cometido. Ni más, ni menos.

Un buen día alguien decidió retirar las jardineras. O quebró el negocio y llegó el momento de retirar el cartel… El hecho es que esos dos clavos se quedaron sin propósito y alguien no quiso, o no pudo, recogerlos de allí para darles un retiro digno. Juntarlos para unir el tablón de un banco a su pata, o formar parte del suelo de un hogar, o de su techo… qué sé yo. Acabar su vida realizando algo de provecho. Pero no.

Ese alguien decidió acabar con ellos de un martillazo seco, en la nuca. ¡Pam! Sin sangre. Sin lamentos. Sin un grito de dolor. Sus cabezas se volvieron hacia el suelo en un acto de sumisión a su destino: la nada más absoluta. De un golpe, acabados.

“Aclavados”

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