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Ya ni recuerda desde cuando, pero cada mañana lo hace. También ha olvidado el motivo, pero sí recuerda las repercusiones que puede tener salir de casa siendo feliz. Así que cada mañana, después de poner a todo volumen Fiesta de The Pogues (con los auriculares en las orejas y bailando descalza, no vaya a ser que los vecinos se enteren) y prepararse un buen desayuno, Laura deja a un lado los vestidos coloridos del armario, se viste de uniforme de tristeza gris y comienza a pintarse lágrimas en la cara.

Aguanta esa tristeza forzada durante todo el día. Primero fueron sus amistades: “No puedes seguir así de feliz”, “Tienes que intentar bajar el ánimo”, “Ven con nosotras este finde a ver olas en el estanque”. También le recomendaron que se pusiera en manos de profesionales. En el fondo Laura tenía la esperanza de que el psicólogo le dijera que sus amigas estaban equivocadas, pero no. “Debe rehacer su vida, señorita Hernández. Los episodios de euforia son normales tras una experiencia como la que ha vivido usted, pero debería intentar controlarlo”.

La cuestión es que no era solo el psicólogo y sus amigas. Era toda la sociedad la que vivía en un estado de fatalismo permanente. Agendas con frases desmotivadoras en sus portadas, gurús del coaching defendiendo a capa y espada el pensamiento negativo, y avalando que la importancia es la actitud (negativa) en todo lo que hagamos…

Hoy, como cada día, llegó a casa y, nada más entrar por la puerta, corrió hacia su cama para estirarse en ella y patalear y reír a carcajada limpia (tapándose la boca con la almohada, no vaya a ser que los vecinos se enteren). Y en su mente, un solo pensamiento haciendo eco dentro de las paredes de su cráneo:

“Dejadme estar feliz, joder”

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