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“Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado”

Nunca le había gustado la poesía. Le quedó literatura en 2º de BUP para septiembre y tuvo que joderse hincando codos todo un verano.

16 añitos tenía la criatura cuando se le cruzó “Amor constante más allá de la muerte”. Siguió sin gustarle la poesía, pero sí su libre interpretación de esos últimos versos de Quevedo: a más amor, más probabilidades de sobreponerse a la muerte. Así que decidió amar sin medida. El único problema era que debía escoger bien a quién porque, evidentemente, era una decisión que trascendería la vida.

Tras unos intentos fallidos la encontró. Lo supo nada más verla y, como en un buen guión romántico, ella también sintió lo mismo. Preparó una cena en casa, con velas y champagne fresco para revelarle sus planes de vida eterna junto a ella. Y ella no apareció. Jamás.

Hubo un día en el que la ausencia se hizo tan insoportable que, como mandan los cánones del romanticismo, decidió quitarse la vida. Subió a lo alto de un edificio, cerró los ojos y saltó al vacío sin dejar de pensar en ella.

Al cabo de un rato abrió las cuencas vacías de su cráneo. Se vio enfundado en una túnica negra con una guadaña en la mano, dispuesto a tomar el relevo de la antigua muerte. Desde entonces, y a pesar de seguir amándola intensamente, se arrepiente de no haber descubierto a Queen en vida.

“Who wants to live forever?
Who dares to love forever?”

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