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Di. Quién te cuidará cuando yo no esté. Cuando me marche.
Di. Quién te cuidará cuando yo no esté. Cuando se acabe.

Se lo susurro mirándola a los ojos que aún no tiene mientras le doy forma, acariciándola suavemente con mi lija, contorneando

toda esa superficie que más tarde será atravesada delicadamente con clavos rodeados de flor. La miro y admiro consciente de todo lo que representa, y lo que ha sufrido para llegar aquí. Ni siquiera una guerra fratricida pudo exterminarla.

Pero, dentro de unos años, ¿quién la cuidará cuando yo no esté?


Lo miro y admiro mientras me da forma esperando el momento en el que el grupo me atraviese el cuerpo para vestirme de flores. Ni yo, ni el resto de figuras damos crédito de cómo podemos seguir vivas, año tras año, en estas condiciones. Porque vemos cómo sufren, cómo se desviven y cómo se esfuerzan por hacernos desfilar en cada edición, a pesar de todo y contra todo. Me da miedo pensar que esta, la del día del desfile, es la menos feroz de las batallas que deben librar. Y temo que llegue un día en el que bajen sus armas y se den por vencidos.

Y si ocurre, ¿quién cuidará de ellos cuando yo no esté?

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