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07:00 – Suena el despertador
07:09 – Suena el despertador de nuevo
07:18 – Vuelve a sonar el despertador
07:24 – Apaga el despertador

La imperceptible protección de la sabana y la colcha que le ha mantenido a salvo toda la noche empieza a desparecer. Esos seis minutos que faltan antes de que lleguen las siete y media son, lo que él llama, el preludio de la tortura.

Porque durante ese tiempo, cada mañana y durante los últimos tres años, solo piensa en quitarse la vida. Sería más fácil si no tuviera que trabajar de cara al público y ponerse una máscara de falsa empatía cada vez que sale de casa. Ojalá todo fuera tan fácil como darle al interruptor de la lámpara de su habitación “y que se encendiera ella y me apagara yo”, como le dijo a su psicóloga.

—No le de más importancia de la que tiene. Eso lo hemos pensado todos en alguna ocasión.
—Ya… pero no es la primera vez que me dice eso, y cuando le pregunto si usted también ha tenido esa sensación me contesta con evasivas.
—Es que aquí no estamos para hablar de mí.

De momento seguirá con la técnica de alargar ese búnker calentito en el que se convierten esos 24 minutos que separan el desvelo de la tortura. Es su único momento felicidad.

A su psicóloga no le pareció mala idea. El refugio de ella es de casi una hora.

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