Press "Enter" to skip to content

3

Cuando escuché el Sí, quiero salir de sus labios me aferré a su cuello con fuerza. No como otras veces, ni como en otros besos, ni como en tantos abrazos. Esta vez iba ser única. Esta vez sería LA vez.

Y después del cuello vendría el alma. Y las ganas. Y los momentos. Todos y cada uno de los instantes vividos desde esa ceremonia los pasaríamos juntos. Así lo sellamos en nuestra luna de miel cerrando un candado. Unidos, ama(rra)dos para siempre. O, casi.

Porque unos años más tarde, una noche mi amor prefirió salir a cenar con sus amistades del colegio antes que conmigo para hablar de las batallas ocurridas 30 años atrás. Otra se excusó diciendo que tenía cosas que hacer y que vendría a la cama más tarde. Esa noche no me dio un beso al acostarse a mi lado. Ni esa, ni muchas otras que vinieron después.

Hasta que llegó el día en el que me confesó que el amor que sentía por mí se había agotado y que necesitaba separarse.

—¿Y el candado? ¿Qué hacemos con él ahora? ¿Cómo vamos a dejarlo cerrado?

Me miró como si no supiera de lo que estaba hablando. Quizá ya había aparecido otra persona en su vida con quien tener un juego de llaves. Pero yo, para eso, necesitaba antes liberar nuestro compromiso.

Costó mucho, muchísimo abrirlo. No porque el cierre fuera fuerte, sino por el óxido que se había generado alrededor.

Be First to Comment

Deja un comentario