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Es una mañana cualquiera de agosto. Saco a pasear mi cuerpo y la cámara de fotos por el puerto. Una vez allí, mientras disfruto de la compañía del graznido de algunas gaviotas, llega una bruma densa por la bahía.

Tiro unas cuantas fotos. Me encantan un par de ellas, en las que se ve cómo la escalera que desciende hacia los pantalanes desaparece en la niebla que no permite ver a más de quince metros de distancia. Tomo el camino de vuelta a casa con ganas de llegar y ver esas imágenes en pantalla grande cuando me encuentro esta estampa.

Las nubes han continuado su vuelo rasante hasta la playa. Los centenares de personas que una hora antes estaban disfrutando del sol siguen allí, pero los veo diferentes. Después de fotografiarlos vuelvo a mirar a toda esa gente esparcida por La Salvé actuando sin sentido. Y sé que no es cierto, porque cada una de las personas que ocupaban el arenal tenía una idea en mente y un objetivo claro a conseguir y que ni la más densa de las brumas iba a posponer. Pero al llegar a casa, ahí estaba. Un ejército de zombies deambulando por la playa, sin rumbo, ocupaba todos los píxeles de mi pantalla.

Dicen que los fotógrafos ven en su mente la foto que están haciendo y que no tiene que ver en absoluto con la imagen que capta el visor. Ese día me sentí fotógrafo. O eso espero, porque no quisiera darme cuenta en un futuro que fui un visionario.

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