11.379

No sé si he pasado una buena o mala noche. Me dormí antes de las 23:00 y a las 2 y pico ya estaba despierto. Pocas horas, pero he descansado. Me ha despertado un malestar que, después de un rato de escucharme, he concluido que tenía su origen en las tripas y que a estas horas ya puedo confirmar que no me equivocaba. Estas son las cosas que no te explican y que, con el paso de los años, vas identificando. No sientes dolor, porque no tienes sensibilidad en esa zona, pero sabes que algo pasa. La espasticidad aumenta, te sientes raro… y comienzas a inspeccionarte palpando hasta que, con suerte, identificas dónde puede estar el problema.

A eso de las 6 he decidido que ya había pasado suficiente tiempo en la cama. Después de stremear la SER, sondarme, vestirme y levantarme se han hecho casi las 7. He puesto agua a hervir con unas rodajas de jengibre y colocado un sobre de té en la taza. Después lo he dejado infusionando sobre la encimera de la cocina y he salido a la terraza a ver amanecer.

No recuerdo cuando fue la última vez que vi clarear el día tras la iglesia de Santa María, pero lo que sí he revivido es la sensación reconfortante que supone encontrarse con el amanecer cuando no se madruga por obligación. Me gustaría poder acostumbrarme a esto. Despertarme a las 5:30-6 de la mañana, no para hacer burpees sino para esnifarme la calma que proporciona la jornada antes de que la pongan en marcha. Ver cómo las luces del edificio de enfrente se van iluminando y ser testigo del espectáculo cromático del cielo. Lo sé, lo sé. Estoy romantizando un amanecer en Cantabria, como si todos fueran a la hora de un 9 de abril y con un cielo muy despejado.

Pero si me lo propongo, la ciencia dice que tardaré unos 66 días (los estudios concluyen que la horquilla está entre 18 y 254) en incluir los madrugones en mi rutina. Hablo de levantarme temprano, pero es algo extrapolable a cualquier hábito que se pretenda adquirir. Eso de los 21 días es una leyenda urbana. Si la ciencia dice que la media son 66, son 66.
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Y luego hay gente que todavía no entiende que, después de 11.379 días, me haya acostumbrado a vivir desde una silla de ruedas.​

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