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¿Conoces a alguna persona que no soporta equivocarse? Quiero decir… de aquellas que lo llevan al extremo y te pueden amargar una cena porque tu plato está más bueno que el suyo. “Es que lo sabía”, “Mira que he estado dudando un montón”, “No sé por qué siempre tengo que equivocarme”… sí. Seguro que ya la tienes en tu cabeza. Pues te aseguro que a Pablo no le llega ni a la suela del zapato.

Pablo nunca estaba contento con el resultado de sus decisiones binarias. Y este uso del “nunca” no es por generalizar, no. Es literal. Nunca. Jamás. Y quienes sufríamos sus berrinches y pataletas siempre éramos sus familiares y amigos. Eso fue hasta que un día, en una reunión con colegas en la que se quejaba porque tendría que haber traído tortilla de patata en lugar de la de pimientos, le grité que se comprara un campo de margaritas que decidiera por él.

Y lo hizo. Al día siguiente compró un terreno con margaritas plantadas. A partir de ese momento, Pablo siempre iba acompañado de una bolsa de flores y, cuando debía tomar una decisión, comenzaba a extraer pétalos empezando por el primer elemento en orden alfabético: “Coca-cola, Pepsi…”, “Alquiler, compra…”. Lo que dijera el último pétalo iba a misa siempre, excepto con Sara. A Pablo le gustaba Sara, pero el “método Marga”, como ya lo llamábamos todos, arrojó un “no” la primera vez que quiso decidir. No obstante Pablo, en secreto, empezaba cada noche un “No Sara, Sara…”. Y lo mismo al despertarse, siempre con la misma decisión final.

Cuando Sara nos dijo que se iba a vivir a Finlandia, Pablo se heló por dentro. La duda de lo que hubiera ocurrido en la vida de ambos si, por lo menos, se hubiera sincerado con ella le iba a encarcelar las entrañas para siempre. Arrasó con sus flores y abandonó su campo de decisiones. Ahora deja todo al azar, excepto su jueves de la Noche Mágica. Lo reserva para atravesar, una por una y con precisión milimétrica, el corazón de cientos de margaritas para la Batalla de Flores de Laredo.

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