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Hay manos que te sustentan sin apenas tocarte. Caricias de dedos que, no sabes bien cómo, se cuelan por tus entrañas y te arropan desde dentro. Provocan sonrisas, escalofríos, ganas de jugar y reír, sentir, gemir, vivir… Son roces. Tactos sinceros. Vigas invisibles que nos sostienen por dentro. Tan robustas y necesarias como imperceptibles.

Y como no las notamos, como no somos conscientes del peso que soportan, somos tan gilipollas que pensamos que seremos capaces de sosteneros si esa mano se aleja. O si nos marchamos nosotros. Y nos confiamos como ese bebé que se cree capaz de mantener el equilibrio cuando se suelta por primera vez de la mano de quien le enseña a caminar.

Pobres de nosotros cuando demos un traspiés. Pobres de nosotros cuando sea esa mano que nos sostenía la que nos necesite, y estemos tan lejos que no sepamos ni cómo volver.

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